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Mensaje por Tark el Lun Mar 18, 2019 2:13 pm

La jungla había sido algo más extensa de lo que el schakal había imaginado.

El cazador estaba acostumbrado a abrirse camino en territorios salvajes, pero la vegetación de ese sitio era excesivamente frondosa. La humedad, los nuevos olores y las dificultades para orientarse habían acabado perturbando su concentración, por lo que su tarea había resultado casi imposible. Los susurros de Arrekr eran casi imperceptibles, por lo que no tendría ningún tipo de pista respecto a la localización del Hunta fallecido.

En una palabra, aquel sitio había resultado irritante. Le habían advertido acerca de peligros: plantas capaces de matar a un hombre, mosquitos portadores de terribles enfermedades... pero aquello no era lo peor. Lo verdaderamente molesto había sido seguir cualquier dirección en ese lugar. Dos días atrás, había atravesado lo que parecía ser algún tipo de templo o estructura de piedra, y había aparecido en la cima de una isla que flotaba a cien metros en el aire.

Por suerte, la fauna era abundante. Aunque la mayoría era desconocida para el schakal, había algunos animales de lo más interesantes: había llegado a derribar y matar a un gran animal, similar a una cebra con cuernos pero del tamaño de un rinoceronte. La caza era gloriosa, pero no era suficiente para que se sintiese a gusto en ese territorio.

Cuando finalmente escuchó algo parecido al habla humana, sintió un profundo alivio. Había estado buscando la ciudad más cercana para conseguir alguna pista sobre lo que buscaba, pero encontrarla se había vuelto una tarea imposible.

Un pequeño ser voló directamente hacia él, dando vueltas a su alrededor y soltando una risotada.

-¡Un viajero! ¡Un viajero, un viajero! ¡Hola! ¡Que grande eres! ¿Comes mucho? ¡Seguro que comes mucho!- Solo cuando el ser decidió quedarse quieto pudo Tark examinarlo bien. Parecía... una persona, delgada, diminuta... y con alas de mariposa. Se mantuvo revoloteando delante de la cara del antropomorfo, mirándole a los ojos. -¿Como te llamas?-

-Tark.- respondió secamente. -¿Eres un hada? ¿Donde está Tek-Nur?- preguntó

-Ooooooh. ¿Vienes a quedarte? ¡No tenemos a casi nadie tan grande! Espero que puedas entrar por las puertas.- rió. -¡Está en esa dirección! ¿Quieres que te acompañe? Suelo estar de vigía, pero es muy aburrido.- dijo. Tark meditó durante un segundo, pero finalmente colocó la palma de su mano hacia arriba, invitando al hada a subirse. -¡Oh, que amable! Yo soy Sivvy.- se presentó, haciendo una ligera reverencia en la enorme mano del can.

-Adiós, Sivvy.- dijo este, cerrando su puño. Su garra izquierda apresó al ser mientras contemplaba, horrorizado, como las uñas de la otra mano del gigante se acercaban a su cabeza. No tuvo tiempo para gritar antes de que atravesasen su cuello casi sin resistencia alguna.

Con la molestia muerta, Tark pudo examinarla con más detenimiento. La sangre que había manchado sus uñas no parecía nada especial, aunque no esperaba que fuese roja. Después de todo, la criatura era más bien insectoide. La olisqueó. El aroma era débil, incluso con la sangre.

Poseía algún tipo de ropaje, pero increíblemente fino. Podría haberlo hecho perfectamente con una sola hoja de árbol. Resopló. A continuación, examinó las alas. Eran casi translúcidas. Las arrancó con gran facilidad. El sonido que produjeron al partirse fue agradable, incluso. Se preguntó que podía hacer con ellas. Quizás pudiese venderlas en alguna parte... no, incluso si tenian algún valor, era posible que sospechasen si encontraban algo así entre sus pertenencias. Se llevó una a la boca, y la mascó durante unos segundos. No tenía mucho sabor.

Para ser una criatura tan afín a la naturaleza, se había mantenido sorprendentemente limpia. Después de acabar su estudio, el hombre lobo arrancó la cabeza del hada y se llevó el cuerpo entero a la boca. Sus huesos crujieron en la mandíbula del animal, pero no le supuso ningún problema para tragar. Tras unos segundos, se relamió. El conjunto no estaba mal, aunque no llegaba a ser ni un aperitivo.

Lanzó la pequeña cabeza al suelo y sacó su odre. Aún le quedaba apenas un trago de agua. Se aseguró de aprovechar lo que podía para limpiarse la sangre de las uñas, y siguió su camino, algo más tranquilo. No debía de quedarle mucho.
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Mensaje por Eshed Dylan el Vie Mar 22, 2019 12:36 am

Humedad, muchísima humedad.

¿Por qué diablos había acabado allí?

Con el rifle a los hombros se abrió paso a través del angosto camino que tenía frente a él. Empezaba a pensar que no estaba avanzando hacía ningún lugar, de hecho, habían sido varias las veces que había imaginado que, simplemente, se había perdido.

Después de todo no se había cruzado con nadie salvo animales y bestias salvajes.

La selva se le antojaba infinita, asfixiante, un paisaje al que no terminaba de estar habituado y que no le gustaba especialmente.

Masculló un par de insultos en voz baja cuando volvió a verse forzado a detenerse debido a las frondosas plantas que le rodeaban y, tras colocarse el fusil a la espalda, desenvainó su sable para acabar con varias de las plantas más espesas que se interponían en su camino.

- Con la suerte que tengo al final resultaran ser un templo de hojas… o algo. – Musitó pasando sobre las hojas cortadas para continuar con su travesía, momento en el que, contra todo pronóstico, la luz del sol le deslumbró indicándole que acababa de dejar tras de sí lo más grueso de la selva.

Llegó hasta una llanura ridículamente extensa, prácticamente sacada de uno de esos tantos libros de fantasía y aventuras que su madre le leía de pequeño. Desde dónde estaba se podía ver, sin ninguna dificultad, la imponente estructura que se alzaba hasta lo que parecían ser nubes.

- Ese es… un árbol bastante grande – Murmuró para sí, cruzándose de brazos y mirando, ligeramente maravillado Tek-nur. – Interesante. - Era la primera vez que se acercaba a la zona y tenía que admitir que era francamente sorprendente.

¿Cómo habían conseguido construir toda una ciudad a partir de un árbol? ¿Podría tomar prestado un poco de su corteza para sus experimentos? Bajó ambas manos hasta su cintura, le habían dicho, antes de aventurarse por aquellos lares, que la estructura había sido concebida básicamente mediante magia.

Cosa que no le extrañaría, después de todo aquel tipo de grandilocuencia y megalomanía era digna de un mago. Pero él, no obstante, como hombre de ciencia, tendría que verlo más de cerca para asegurarse de ello.

Podría ser un centenar de cosas y, estaba bastante seguro, de que alguna de ellas tendría que tener una explicación lógica más allá de “lo hizo un mago”. Además, con un poco de suerte las hadas del lugar podrían darle incluso trabajo. Quizás, desde lejos, no aparentase ser una zona con demasiados problemas. Pero si sabía algo era que, mientras dos personas siguiesen vivas, una de ellas querría matar, extorsionar o secuestrar a la otra.

A veces todo al mismo tiempo.

Afortunadamente, si tenía algo en aquel momento era tiempo. Estirando ambos brazos por encima de su cabeza se llevó ambas manos hasta la misma y respiró profundamente: incluso el aroma del aire había cambiado al llegar al claro.

Sin pensárselo demasiado se dejó caer junto a uno de los tantos árboles en la linde del bosque y, tras hacerse con el pequeño diario que descansaba en uno de los bolsillos interiores de su armadura, comenzó a dibujar.

Fuese mágico o no, tenía que admitir que aquel no era un paisaje que viese todos los días.

- ¿Qué estas dibujando?

Habían pasado diez minutos, tal vez, desde el momento en el que el carboncillo comenzó a deslizarse sobre el papel ligeramente amarillento de su diario, algo que por lo que parecía había atraído a una pequeña hada que, presa de la curiosidad, miraba como el alquimista bosquejaba el majestuoso árbol desde la distancia.

- Un árbol así grandote. – Contestó Eshed esbozando una sonrisa, alargando tímidamente el brazo con el que sujetaba el carboncillo hasta la pequeña figura alada.

Era la primera vez que veía un hada. ¿Cómo podían mantenerse en el aire con unas alas tan aparentemente finas?

- ¡Tienes razón! ¡Es un árbol! – Respondió el pequeño lugareño pelirrojo de forma inexplicablemente risueña.

Eshed bajó la mirada hasta la libreta y agregó un par de detalles, el hada, ignorando cualquier regla social referida al “espacio personal” se posó sobre el hombro del trotamundos y, sentándose, miró como Eshed proseguía con su dibujo.

- ¿Y vas a presentarte o…? – Dylan dejó de dibujar y ladeó levemente la cabeza, tratando de ver la figura en su hombro.

- ¡Oh! Sí, claro, perdona mis modales. – dijo sacudiendo la cabeza con fuerza. – ¡Mi nombre es Sidurïn! – Afirmó señalándose el pecho con el pulgar. - ¡Bienvenido a Tek-Nur! - Eshed enarcó una ceja, lo que decían de los lugareños no parecía ser ninguna mentira, era lo suficientemente confiado como para posarse en el hombro de un completo desconocido.

Aquello podía acabar costándole caro.

- ¡Buen nombre, Sidurïn! - dijo, uniendose a la efusividad del hada - ¿Y que puedes decirme de…? - Sidurïn sonrió y, tras saltar, flotó alrededor del alquimista.

- ¡Sígueme extranjero! – Exclamó - ¡Sígueme! – Añadió girando aún a más velocidad en torno a Eshed. - ¡Te enseñaré por dónde se entra y el mejor lugar para beber a cambio de un dibujo mio! – Sonriendo, algo aturdido por el carácter de Sidurïn, Eshed guardó la libreta y se levantó.

- Me parece un buen trato. ¿Quien necesita dinero? ¿No es verdad? - Afirmó riendo. - Mi nombre es Eshed, por cierto. – dijo comenzando a caminar tras el hada, la cual, por mucho que la mirase era lo suficientemente andrógina como para que el alquimista fuese incapaz de detectar su género a simple vista.

La llanura que les separaba del árbol estaba, en su gran medida, desierta. Le pareció ver, no obstante, una silueta a lo lejos, acercándose a la ciudad.

Con un poco de suerte saldría de allí con un poco de savia del árbol en uno de sus viales vacíos y con algo de la corteza en otro. Se preguntó, según caminaba tras Sidurïn, si por algún casual la savia era verdaderamente volátil o lo que le habían contado eran simples habladurias.



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