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Mensaje por Eudes el Lun Mar 18, 2019 4:51 pm

-Iniciación.

La suerte no había sonreído a Trémulo aquella noche, y si habría de ser sincero en honor a aquella desafortunada situación, el resto de la semana tampoco podía considerarse como dichosa, o si quiera digna.

No se acostumbraba a la idea de volar; de hecho, esa siempre había sido su debilidad como sabio y mago: Mientras todos sus compañeros volaban por ahí con formas de aves, o ya los más descarados, simplemente flotando en el aire como si el espíritu que-tira-a-la-gente-hacia-abajo les hubiese abandonado un ratito para ir a la letrina, el buen Trémulo siempre permanecía en el suelo mientras se hacía más arreboles en la blanquísima barba, así, como para parecer más sabio. La mayoría caía en aquella jugarreta, especialmente los jóvenes (y jovencitas para su viril orgullo, debía admitir), aunque los más viejos no se comían el truquito de hacerse el digno y de vez en cuando puyaban: Trémulo ya se había acostumbrado.

Lo cierto es que temía a las alturas, y la simple idea de verse en el aire le provocaba nauseas. Mala suerte que en aquellos instantes estuviese atrapado en la forma de un búho.

¿Cuándo se habría visto? Un búho marearse por andar volando; ¡La mayor de todas las aberraciones! Y aún con todo, estaba ahí, dando vueltas contra la pálida lunar cual borracho volador, tratando a duras penas de mantener el buche en su sitio. El viento no “acariciaba sus regias alas” como lo había descrito cierto poeta al cual despreciaba por mujeriego (es decir, le quitaba jovencitas a él), sino que interrumpía su viaje como un mar embravecido, como las olas que azotaban barcos apenas conseguía tomar un poco de velocidad. ¡Oh y tomar velocidad! Impulsarse era un ejercicio muscular que aborrecía, más la perspectiva de caer le hacía batir esas pequeñas alas cual alma que clama a los cielos.

Era una noche terrible ¡Terrible! Y el maldito criminal que le había hecho aquello seguía allá en el mundo de abajo, ese lindo mundo de gente pegada a la tierra y al pasto. Una semana buscando sin mayores pistas que un asquerosos sombrero rojo con una ridícula pluma turquesa  de adorno: No tan solo es que fuese un mal nacido ese bardo ¡Es que no tenía estilo alguno además! La idea de haber sido humillado, robado y engañado por semejante espécimen humano le iba a acabar sacando esas asquerosas larvas, como si ya el mero hecho de mantenerlas ahí adentro no fuese mucho esfuerzo.

Pero se vengaría; lo haría de una manera que el maldito no podría olvidar. ¡Así sería en el nombre de su abuela, cuyo espíritu había atrapado y usado para encantar su propia varita!

Trémulo porfió contra una corriente de viento inesperada, maldiciendo en una lengua muy humana merced a sus nuevas características faciales. A juzgar por la luna era medianoche, y el nimbo amarillento de una ciudad era visible en la línea del horizonte. La constelación de la Tigresa Mayor estaba medio cortada por la artificial luz, dejando al pobre felino sin la mitad posterior del cuerpo: La próxima vez que hiciera su sesión de astrología esa gata porfiada no dejaría de quejarse, como si no le pasara lo mismo cada mes.

Uno podía subestimar el cuerpo, y de hecho había razones de sobra para hacerlo: ¿Qué más despreciable sobre la faz del mundo que un ave cuya única habilidad es mirar dramáticamente y hacer sonidos raros? Más sin embargo, la habilidad (suma habilidad) del mago había vencido desde tiempos inmemoriales las leyes de esos patéticos diosuchos a los cuales los campesinos rendían culto, pobres almas apartadas de todo conocimiento. Difícil sin duda, pero jamás imposible: Entregado a la experimentación con sus nuevas extremidades, reunir y mezclar los ingredientes aptos para la hiperpósima maldita había sido un trabajo gradual cuya dificultad había disminuido considerablemente para cuando mezclaba los últimos toques: uñas de grifo y la lagrima de un elfo calvo. Para la mañana tenía un lindo frasquito reluciente de enfermizo verde cuya aspersión o bebida dejaría al mal nacido ladrón en un estado nada envidiable, y toda la odisea habría terminado ya si el buen hombre se dignase en aparecer. ¡Tenía la firma mágica de sus objetos, no podía estar muy lejos si era capaz de sentirlo!

Con todo, la venganza se acercaba, y Trémulo la sentía dulce, muy, muy dulce.

Trémulo voló tranquilo…Hasta que repentinamente la luna a su lado desapareció.

Sorpresa no es una palabra usada comúnmente en los salones de la magia. Desde que Senestefan el Palabrero había construido su máquina de predicción estelar, lo cierto era que todo hechicero guardaba tal emoción única y exclusivamente para el interior de su laboratorio, mostrando solamente una confiada, sensual y constante arrogancia en lo que respectaba a mostrar sus hallazgos al público. Con la introducción de los “ayudantes”  la sorpresa en el interior del laboratorio había sido desplazada completamente, considerando impropio de un maestro exaltarse de semejante forma delante de un inferior. Entenderán, pues, que Trémulo tardó en encontrar la reacción apropiada ante lo que vio, tan desacostumbrado como estaba a manifestar sorpresa. Maravilla también cabía, claro, pero no vale la pena hacerse ilusiones: El mago era tan arrogante como un gato obeso.

Un dragón estaba volando a un lado de Trémulo, sus escamas negras fácilmente confundibles con el tapiz de la noche si tan solo aquella no hubiese estado tan rica en estrellas. Unos ojos dorados miraban hacia el frente, ignorando completamente su presencia en un acto al cual mago-búho no estaba acostumbrado y añadiría muchos temas en los cuales pensar más adelante. Volaba suavemente en el cielo, sus alas desplegadas y ligeramente hacia arriba como el proyecto de planeador que Trémulo escondía en su pequeña cabaña. Había en aquella figura un rastro de nobleza, una belleza felina poco descriptible con palabras, ajena al mago y a todos los esqueletos de dragón que había recolectado en el pasar de los años. Un nimbo brillante, como el del amanecer, bordeaba aquella figura tan naturalmente que no dudaba Trémulo era algo innato.

-Es…-La palabra costó que saliera de su pico: Rara vez la pronunciaba- Hermoso…

El dragón movió las alas ligeramente más hacia arriba; se preparaba para impulsarse.

-¡Y un completo mal nacido! ¡Ese maldito me va a tumbar!

La vergüenza no permitiría a Trémulo narrar más adelante lo vano, lo patéticos, lo completamente incompetentes que fueron sus intentos por escapar del viento que el aletear de aquella criatura antigua, encarnación de la propia eternidad, levantó cuando bajo y subió repetidas veces sus alas. Si algo bueno hubiese podido añadir para su orgullo, es que lo intentó, lo intentó con cada gramo de fuerza en su abominable nuevo cuerpo.

La primera oleada lo abrazó aleteando con desesperación mientras maldecía. La segunda dando vueltas. La tercera cayendo. La cuarta tratando, en vano, de pintarle una paloma a la bestia con sus zarpas de búho, mientras giraba sin control de arriba abajo en desesperados intentos por mantener el control de su vuelo.

Algo se separó de sus patas mientras caía, para cereza sobre el pastel; algo que necesitaba, y había sido su única razón para emprender tan grande odisea. Trémulo abrió bien los ojos y gritó con desesperación mientras sus piruetas le precipitaban sobre el bosque, viendo como, en la distancia, la figura del dragón no conseguía fundirse con la azulosa noche y su cohorte de constelaciones. Su mirada terminó prisionera de un pequeño frasco de brillo verdoso, mientras giraba en caída libre sobre los altos acres, a kilómetros de donde él encontraba su destino.

Deseó maldecir otra vez, pero el tronco de un árbol tenía mala opinión de los boca-sucia.
-0-
Eudes Wogethrall, Caballero Andante de tiempo completo, profesor frustrado y aficionado al violín en la infancia venció al mal aquella noche de tan refulgentes cielos, en cumplimiento de su sagrado deber como defensor de todo lo justo en el mundo. Mientras corría hacia la espesura con un pequeño cochinito sostenido entre los brazos, derrotaba al mal de una manera tan contundente que los terribles horrores del caos debían temblar de miedo en aquellos instantes, especialmente ese que era muy verde y le gustaba el agua empantanada.

Esa noche había salvado al príncipe cerdito de morir sacrificado en honor a los dioses de la carne, o al menos eso Lidia, la pequeña y amable niña del granjero le había dicho. Riendo a carcajadas mientras arrasaba con cada arbusto y hierbajo en su camino, además de innumerables nidos de hormiga, Eudes se felicitó en mente por tan buen trabajo, y dejo escapar un sonido satisfecho cuando dejó suavemente al animalito sobre el suelo.

La regordeta figurita volteó, dio varias vueltas sobre sí mismo y miró a Eudes con ojos que miraban en dos direcciones a la vez.

-¡Vamos!- Le instó el caballero, palmeándose los muslos cubiertos de metal- ¡Corra su majestad, y vuelva con su sagrado padre!

El pequeño cochinito hizo un sonido con la nariz y salió corriendo con pequeños pasitos hacia lo profundo del bosque, dejando un rastro de agudísimas marcas en el suelo que pisaba. Eudes le vio sonriente mientras se alejaba, hasta que al fin las hojas de un arbusto de vallas lo cubrió.
Otro trabajo bien hecho. Andaba de racha esa semana.

-¿Ya…Se fue?- Preguntó una pequeña vocecita que el caballero conocía muy bien- ¿Hiciste lo que te pedí?

Eudes miró hacia atrás, hacia el camino que su ridículamente portentosa figura había dejado en el bosque, que ahora exhibía una ruta de hierba aplastada. Lidia era una muchachita que no pasaba de los 12 años, con unas facciones muy típicas de las gentes locales, cite con una que otra pinturita marhe. Sus ojos negros refulgían con el brillo de las estrellas, esperanzados, mientras tímidamente avanzaba en su dirección.

Eudes asintió y rió con suavidad, poniendo los brazos en jarra.

-Lo más difícil fue capturarlo, pequeña señorita- Afirmó, apoyando el hombro en un delgado árbol cercano, el cual se dobló lentamente por aquel ridículo peso- El príncipe estaba muy rebelde y perezoso: ¡No respondía positivamente a ningún recordatorio de su real y noble autoridad sobre los cerditos del bosque! Me vi obligado a recurrir a la fuerza y, me temo, que si bien ninguno lo resienta a la larga, no se pueda decir lo mismo del resto del establo- Esto último lo decía con cierta vergüenza: Después de tanto tiempo usando su noble armadura, de vez en cuando olvidaba que las pequeñas casitas de los campesinos pocas veces podían contener o hacer espacio para su noble grandeza.

-¿Cómo que no puedes decir lo mismo del establo?- Preguntó la damita avanzando hacia él con ojos bien abiertos- ¿A qué te refieres? ¿Qué rompiste?

Eudes se rascó el yelmo (en realidad tenía ganas de rascarse la cabeza, pero con el tiempo, por alguna razón, tan solo el sonido del metal bastaba para calmar sus nervios) y bajo un poco la visera, evitando así verla a los ojos.

-Varias cosas, creo… ¡Un pequeño precio comparado con el regreso de la luz para todos los cerditos de Phonterek!- Exclamó, enderezándose repentinamente y poniéndose la mano derecha sobre el pecho- Además- Añadió, inclinándose con la misma brusquedad y poniendo el dorso de su palma a un lado de las ventilas de su yelmo, en clara señal de secreto- No es nada que no pueda reparar mañana temprano: ¡incluso puede que le haga algunas mejoras!

Lidia suspiró con notable alivio, sonriendo con ligereza mientras se acomodaba el cabello.

-Eso es un alivio, señor caballero- Afirmó, para pronto añadir con cautela- El que lo vayas a arreglar, digo, no las mejoras…Eso no será necesario.

Eudes dejo caer los hombros con desánimo, encontrándose de nuevo con otra negativa en el mismo tema: Los dioses le habían concedido un segundo don, que era el de carpintero, y sin embargo nadie parecía querer que lo usase luego de ver su gloriosa obra. Era como si no le viesen utilidad, o directamente les pusiera nerviosos: ¿Qué podría haber de estresante en hacerle una nueva fachada a la casucha de un noble trabajador? ¿Qué podría hacerle sentir más seguro que la puerta de una fortaleza con un dragón tallado emergiendo de la parte de arriba? Su carrera como arquitecto parecía ser tan solo una infinita línea de decepciones…

Lidia, ajena al desánimo que solo una persona con el don de desnudar mentalmente a otras hubiese podido ver, dio la vuelta y un par de pasos de vuelta a su hogar.

-Creo que ya es hora de ir a comer- Lo siguiente tenía una nota de porfiadez y fastidio preadolescente en el tono- Y dormir…Mejor será que vayamos, antes de que padre saque a los sabuesos para buscarnos.

-Yo podría hacerles una casita nueva y mejor, así no estarían siempre tan enojados- Murmuró entre dientes Eudes, pateando una roca fuera del camino y siguiendo a Lidia.

La casa de Alberto el Serio había sido una bendición en su camino, no por simple menos bendita o noble que los refugios legendarios y los templos de mármol donde caballeros del pasado había hallado reposo en sus caminos. Eudes conocía que ni toda la gloria del mundo, ni el mármol refulgente traído del Triunvirreinato, podrían hacer justicia a la acogida que le habían dado en aquel hogar luego de un arduo camino, ni a los favores recibidos por parte de la pequeña familia de simples campesinos.

A la mesa, y haciendo sufrir a un pequeño taburete de madera, Eudes observó con maravilla a su principal anfitrión: Alberto era un hombre del sur, según su propia esposa había contado, y con trabajo y esfuerzo había migrado durante cierta serie de revueltas que habían azotado las regiones cercanas a Valashia. Vestido con sus buenos harapos marrones y un gorrito para dormir verde, había algo en su talante bronceado, en sus brazos y hombros, y especialmente en ese completa y permanentemente inexpresivo rostro, que no podía si no emanar firmeza y justicia, una absoluta dignidad. Ni si quiera cuando su esposa debía limpiar la sopa derramada sobre esas facciones congeladas tal dignidad disminuía. Puede que ese viejo accidente mágico le hubiese quitado la movilidad facial, pero para el buen Eudes, aquella maldición a la larga se había transformado en bendición.

La chimenea ardía, y hacía hervir la deliciosa hoya de sobras sobre el fuego. Un aroma conocido invadía aquella estancia, uno que en principio el caballero había resentido, más ahora se instauraba como el guardián en las fronteras de la ambrosía, el faro en el puerto de las delicias. Otros decían que quizá su gusto se debía al hecho de que aquella “abominación (abominables fuesen tales palabras) era lo único para comer en esa región tan estéril de Sylvide, pero siendo conocido que los caballeros podían vivir tan solo del aire que respiraban por gracia de los dioses y su virtud, Eudes había descartado ya la necesidad de tan dichosa ecuación.

María metió un cucharón en el metálico cuenco, revolviendo el gris elíxir de sustancias desconocidas que tanto exaltaba el apetito de Eudes. Los aromas se intensificaron ante tal acto, y su metálico pie empezó a moverse por la extensión de aquella agónica y cruel espera.

-Sabemos- Informó Alberto en tono neutro a él y Lidia, que se hallaba sentada junto a su padre en la pequeña y podrida mesita- Que habíamos acordado brindar la carne de Rollito hoy, más fui al establo y el cerdito no estaba en ninguna parte, así que…

-¿Cerdito?- Preguntó Eudes, rascándose la barbera- ¿No se referirá usted al noble Principe Cochinito? Porque ese…

-¡Al señor caballero le encanta la comida papá!- Interrumpió repentinamente Lidia, poniendo ambos codos, los hombros y casi la mitad del cuerpo sobre la mesa con tal rapidez que el Eudes dio un respingo- ¡Eso es lo que quiere decir! Sabes lo muchos rodeos que dan estos sureños para decir algo…

Alberto miró a Eudes con sus ojos fríos, grises, inescrutables. ¿Qué opinaría de él aquel hombre? ¿Qué razonaría cuando le miraba de esa forma? Esos eran misterios que no conocía, y por lo tanto, siempre se esforzaba al máximo por demostrar su virtud ante el noble anfitrión. ¡Ay de todo llamado cid, que no honrase el techo que le recibe y las manos que le proveen de alimento! ¡Caigan sobre él todas las desgracias del cielo y la tierra!

-…Ya veo- Contestó con simpleza- Será entonces de esta manera, y daremos gracias a los dioses por estos alimentos.

María, noble y regia mujer, se irguió de sobre la hoya y puso ambos brazos en jarra; su rostro se perdió en ese gesto que hacía cuando recordaba algo y estaba a punto de decirlo, en una manera perturbadoramente familiar a otra persona que Eudes había conocido, una persona que hacía a sus nervios irse de punta. El recuerdo de la profesora peliblanca era algo que prefería hacer a un lado la mayor parte del tiempo, a riesgo de perder de vista su noble y necesaria labor.

-¿Sabes Alberto?- Dijo, mirando con una media sonrisa a su marido- Creo que todavía podríamos añadir un par de cebollas que compré en el mercado hoy.

-¿Cebollas?- Inquirió Alberto con tan solo una mínima variación en su neutral tonalidad para marcar aquella pregunta- Pensé que el viejo Patahueca se había marchado, algo que ver con ese mago loco tan cerca...

María asintió, apoyando la espalda en la rústica pared de piedra y barro.

-Llegó otro vendedor, un hombre raro…- Sus pensamientos se perdieron en ese instante, como atraído por el mencionado recuerdo. Se recuperó un par de segundos después- Pero el punto es, creo que iré a traerlas del establo.

Eudes entonces hizo rechinar la silla en un intento para ponerse de pié. En todo se mostraba dispuesto a ayudar, incluso en las pequeñas cosas: Era conocido el demonio de la descortesía, y todos afirmaban que en esos tiempos tan corruptos era el más poderoso de toda la diabólica corte, sin duda ya llena de vicios poderosos.

-Iré yo, tranquilo huésped- Dijo Alberto extendiendo una mano en dirección al caballero- Debo revisar a los perros otra vez: Siempre tratan de romper las cadenas.

Eudes, por supuesto, no se había rendido.

-Mi señor anfitrión, si usted me permitiera…

-No- Cortó en seco, haciendo atrás el taburete y levantándose- Estoy seguro que la jauría está bien en esas casitas; así las tenía mi padre  y así las construyó mi abuelo allá en el sur.

El caballero rebulló en su lugar con los hombros abajo, mirando perdido la mesa vacía. Tendría que seguir esforzándose cada días más, pues aquel padre de familia seguía sin parecer confiar en sus nobles métodos. La exigencia era el único camino al triunfo.

Apenas Alberto hubo salido y la desvencijada puerta de tablas sonado, Maria miró con tales ojos a Lidia que Eudes se estremeció aún sin ser la víctima de estos. La madre dio pasos veloces hacia la niña y tiró de su brazo, acercando aquel rostro bronceado al suyo propio, tan maduro y lleno de sudor.

-¡Dime que le hiciste al cerdo!- Ordenó en voz baja, más con firmeza inquebrantable- Se que le…-Miró a Eudes un instante con ojos bien abierto, antes de acercar todavía más a Lidia. La palabra fue pronunciada demasiado bajo como para que Eudes pudiese oírla, y eso muy para su fortuna- Al caballero para que te ayudara, niña…¡Estoy furiosa, y tu padre estará igual cuando se entere! ¡Espera a ver cuando se quite el cinturón!

El señor Alberto enojado…Aquella idea era tan extraña y a la vez conocida, tan espera y al mismo tiempo tan inesperada, como la visión de una leyenda delante de los propios ojos. Su rostro siempre estaba en ese estado que preveía la rabia en muchas ocasiones, curvando hacia abajo esos pequeñititos músculos de expresión que todavía podía mover. Aún con todo, incluso en la decepción el señor Alberto era la fría calma, el exánime caballero de aquel bosque y sus contornos.

-¡Pero era Rollitos mamá!- Respondió la pequeña con poco disimulo, usando un nombre que sinceramente Eudes no conocía- ¡No puedes pensar que Rollitos…

-¡Sabes cómo estamos en esta casa, Lidia!- Dijo en voz aún más alta la mujer, ya con poco cuidado de la presencia del caballero- ¡Desde que este loco se nos ajuntó apenas si tenemos para…

Un grito la interrumpió, un grito alto, familiar, y tan monótono como la ropa marrón y gris que todos en aquella casa usaban. Madre e hija voltearon hacia la abierta puerta inmediatamente, y para cuando lo habían hecho Eudes se hallaba ya cruzándola, con un acopio de agilidad que sin duda rompía uno o dos leyes mágicas y pondría a los dioses de lo posible en senda discusión. Lo que no obtenía por su torpeza, seguro se lo daba la emoción de escuchar una clásica llamada a la aventura: El grito de un inocente, y en este caso específico, su anfitrión.

-¡Señor Alberto!- Gritó, saliendo y dejando atrás un taburete que giró sobre si mismo varias veces antes de caer de espaldas con un ruido seco.

¡La noche! ¡Dulce guarida de memorias, aventuras y amoríos! ¡Y esa pálida luna tan refulgente, reina perpetua entre los ejércitos estelares y sus signos mensuales! La mente de Eudes funcionaba de forma curiosa en esos instantes que le tomó correr desde la choza al pequeño establo, partida entre la preocupación y un instinto más básico, primario e inconsciente que le llenaba ante la mera posibilidad de aventura o peligro: adrenalina, corriendo a tal velocidad por sus venas que hubiese hecho dudar a un alquimista y fisiólogo experto. Tal fue su rapidez que varias veces tuvo que abrir los brazos, con tal y no tropezar y salir rodando.

Claro que, fracasó, se tropezó con un guijarro y al final entró rodando al establo.
Eudes no podía estar seguro de haber roto más cosas, o si simplemente se había topado con esos objetos que ya había destrozado de antes; cierto era que recordaba una baja puertecilla de tablas entre la tierra del centro del establo y el heno de los laterales, aunque en otro momento se ocuparía de tal asunto. Allí la luz era escaza, aunque el fulgor lunar que entraba por los portales dibujaba la sombría silueta de una figura a su lado, una extraña, retorcida, envuelta en lo que parecían ser cuerdas e hilos soberanamente intrincados contra la palidez llena. Un gemido lento, pero familiar y neutro sonaba constante desde aquella dirección.

-¿Se…Señor Alberto?- Preguntó, haciendo un esfuerzo por ponerse sobre sus propias rodillas y gatear en dirección a aquello- ¿Es usted?

La respuesta fue otro quejido quedo.

Eudes se acercó más.

Lo que vio le hizo vomitar.
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