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Misión Fallida: Hijra de Shirei y Baku

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Mensaje por Shirei el Jue Mar 21, 2019 4:53 am

El pedernal chocó contra la piedra fallando en emitir cualquier tipo de chispa sobre la cazoleta de la pipa.

Shirei soltó un - Bah… - de decepción y se guardó el pedernal junto con la pipa dentro de su saco, arrojando la piedra a uno de los múltiples charcos del sendero que se hundió ni bien impactó la superficie de uno. El sonido de las galopadas y bufidos de los caballos resonaban junto con el de las gotas de lluvia que chocaban contra la tela que techaba la carreta.

Las nubes formaban un manto gris uniforme en el cielo que a pesar de ser de día le daba un aspecto sumamente oscuro al bosque que les rodeaba. Los estruendosos truenos se hacían notar cada pocos minutos alarmando los oídos de todos los presentes en el carro.

Aquél camino rodeado de árboles con troncos de formas retorcidas y de vibrante color verde en sus copas se encontraba en pésimo estado, algo que se confirmaba cada vez que la carreta se topaba con alguna piedra o pozo de buen tamaño. El techo color crema de tela algo descolorida y sucia que componía la caseta sobre el vehículo se encontraba sumamente húmedo y goteaba de vez en cuando sobre las cabezas de los hombres que se guarecían debajo, agua se escurría por el piso de la carreta, humedeciendo e gastando los tablones en el proceso.

Una voz áspera y grave, probablemente producto de muchos años bebiendo o fumando sonó dentro del carro.

- Se te han mojado las piedras ¿Eh chico? -

Dijo un hombre de aspecto veterano de tez blanca, bolsas bajo los ojos; múltiples arrugas en su cara; cabellos blancos y barba prominente también blanca, vistiendo una armadura de cuero blando de color oscuro sin mucho más detalle que múltiples manchas oscurecidas en su pechera, manchas grandes, probablemente de alcohol, grasa, sangre, o las tres juntas.

Aquél hombre miró a Shirei con sus ojos azules, sentado en de frente él encima unos tablones horizontales dentro de la carreta que aparentaban ser asientos. Sin esperar respuesta alguna del joven, prosiguió.

- Es por culpa de este clima de mierda ¿No se supone que al entrar en la selva ya no caería más lluvia? Ya saben, por el follaje…-

Balbuceó el viejo, con un tono de voz que hacía denotar el hastío que le estaba provocando éste viaje dada la cantidad de tormentas que se habían encontrado a lo largo del mismo, para luego moverse del asiento a la salida de la carreta, observando desde la abertura la tormenta que les caía encima, escupiendo hacia el camino con desdén.

- Ya cállate Edward, tú ni sabes lo que es el follaje… -

Cotorreo el otro guardia, un sujeto más bien delgado con de tez morena, de cabello castaño oscuro y que vestía el mismo tipo de armadura que el viejo, solo que un poco más pulcra. Él iba sentado en los lugares delanteros de la carreta, riendas en mano, sin girar su cabeza ni por un momento.

- Además… esto no es una selva imbécil ¿Tú tienes calor? Estamos en un bosque, en Jyurman para ser exactos. - Añadió para luego quedarse callado, latigueando levemente las riendas de los caballos, que parecían algo reluctantes a mantener un paso constante por el sendero.

- A la que le voy a dar un buen follaje es a tu mujer ni bien lleguemos a Mirrizbak -

Berreó Edward en lo que se recostaba en asiento e intentaba acomodarse en la madera húmeda de la carreta. - Y a mí qué me importa si estamos en la selva, o en el bosque o en el puto infierno. Idiota. - Acabó por decir en lo que se ponía de lado, de espadas a Shirei. El viejo no tardó en comenzar a roncar, probablemente producto de su avanzada edad y de lo agotador que debe ser quejarse del clima por al menos siete horas continuas.

Shirei se limitó a observar el intercambio de insultos con la boca cerrada. Su mirada se movió hacia la abertura trasera de la caseta, específicamente hacia la jaula con ruedas que llevaban consigo por medio de una cadena enganchada a la carreta. Había algo sobre aquella jaula que a él no le gustaba en absoluto, y muy probablemente era el hecho de que tenía el símbolo de una cruz tallado a lo largo de todos los barrotes que la componían, aparentemente hechos de un hierro ennegrecido.
En su mente deseaba que solo fueran símbolos decorativos… pero algo en su interior le decía lo contrario… ¿Y si estaban ahí por una razón más importante?¿Qué clase de prisionero estaban llevando?

- Ah! ¿Te ha gustado la prisionera chico?... -

Preguntó el guardia que iba manejando la carreta soltando una risotada que sonaba más como un cacareo. Shirei se irritó pero lo dejó estar, realmente no sabía cómo responder a aquello. Ante la falta de respuesta el guardia siguió hablando.

- … sí.. mejor quítate esa idea de la mente, esa cosa no es humana,  te cortará la cabeza y copulará con tu esófago antes de siquiera preguntarte tu nombre. -

Una gráfica imagen mental que hizo rodar los ojos a Shirei con fastidio, pero algo de lo mencionado sí captó su atención.

- ¿A qué te refieres con que no es humana? - Preguntó el espadachín, girando su cabeza para ver la espalda del guardia. El chofer giró levemente su cabeza para hacer breve contacto visual con Shirei, su ojos verdes no denotaban una expresión muy tranquilizadora que digamos.

- Pues a eso chico, que no es humana, ¿Por qué piensas que los barrotes tienen talladas esas cruces? - Dijo el guardia que pronto se giró hacia el camino de nuevo. Un pensamiento ”Maldita sea.” y una respuesta “Exactamente”.

El chofer pareció sentir la inquietud de Shirei a sus espaldas y dió un leve suspiro con desgana antes de continuar.

- Mira chic...- De la nada el cuerpo del guardia se tensó, su voz se detuvo al igual que la carreta, los caballos relincharon de forma estridente por un breve momento y les sucedió un silencio de ultratumba que solo era acaparado por las gotas de lluvia cayendo sobre el toldo y en el camino. El guardia se desplomó hacia adentro de la carreta y Shirei se le heló la sangre con un escalofrío al momento que vió que en el ojo izquierdo de aquél hombre... se hallaba clavada una flecha.

Una flecha de ástil totalmente negro, acabado en plumas del mismo color.

Un charco de sangre, proveniente desde la nariz y los ojos del ahora inerte guardia, empezó a formarse en el piso de la carreta. Comenzaron a oírse movimientos en los alrededores del carro. Shirei, luchando fuertemente contra el escalofrío que le estaba haciendo temblar, intentó arrimarse con su mano extendida hacia la cara de Edward para intentar despertarle silenciosamente, pero un sudor frío recorrió su cuello, y se detuvo al escuchar el sonido de una cuerda tensándose a su lado. Volvió su mirada hacia la entrada del la carreta y se encontró con unos ojos negros que le miraban fijamente. Una mujer de tez inhumanamente oscura y cabello gris, prácticamente agachada sobre el cuerpo inerte del guardia, le estaba apuntando con una de esas flechas en la frente. La mujer oscura hizo un ademán hacia arriba con la mano que sostenía el arco, sugiriendo que quería que Shirei se incorporara de su asiento. En sus pensamientos resonó “Pues claro, una puta emboscada…”, pero esta vez Shirei no respondió nada.

Acto seguido la mujer oscura le ordenó con otro ademán que despertara a Edward, quien seguía durmiendo y roncando como un cerdo a pesar de todo lo ocurrido.

Sin romper el contacto visual con ella y manteniendo sus manos visibles, Shirei acabó de arrimarse y puso su mano sobre la boca de Edward, quien abrió los ojos casi de forma instantánea, bufando algo que fue ahogado por la mano del joven, su mirada se movió rápidamente hacia arriba y observó a la mujer, que ahora alternaba el objetivo de su arco con breves movimientos, para poder simplemente disparar a cualquiera de los dos que decidiera moverse muy rápido para su gusto.

Los ojos de Edward se abrieron con sorpresa y miedo, y rápidamente miraron debajo de los pies de aquella mujer, donde yacía su compañero muerto, aún con la flecha alojada en su cráneo, generando un charco de sangre que se escurría entre los tablones de la carreta.

Su vista se humedeció y unas pocas lágrimas surcaron sus mejillas, para luego caer sobre la mano del joven. Shirei miró con una expresión leve de tristeza a Edward, pudo sentir su aflicción y su terror, e intentó reconfortarlo bajando la cabeza levemente con sus ojos cerrados en señal de respeto a su difunto compañero y luego ladeó su cabeza, indicando que tenían que moverse en ese preciso instante, ya que podía escuchar un sonido amenazante parecido a un gruñido proveniente aquella mujer que les apuntaba con su arco.

Ambos fueron escoltados fuera de la caravana por la mujer oscura, sin armas, para salir al encuentro de otras dos mujeres de rasgos similares, que se encontraban una a cada lado de la caravana.

La voz de Baku resonó dentro de la mente del chico con un tono profundo “No intentes nada estúpido Shirei, no se ven como arqueras mediocres” él frunció el ceño al escuchar aquello y pensó “¿Y tú crees que no he notado eso?”, pero no hubo respuesta.

La lluvia continuaba cayendo de modo copioso, prácticamente empapando a los cinco individuos que ahora se encontraban a un lado de la carreta. El cuero húmedo no es un buen aislante, por lo que Shirei y Edward comenzaron a tiritar a la brevedad. El viejo estaba en lo cierto, éste no era ni por asomo un clima agradable. El viento soplaba ligeramente pero era suficiente como para helar los huesos de los dos hombres. Y el cielo aún seguía igual de gris que hace unos minutos, el sol no parecía querer mostrarse entre aquél mar de nubes.

Dos de las tres cazadoras, incluida la que se había subido a la carreta, se encontraban apuntando con sus ornamentados pero compactos arcos a los hombres, a quienes habían hecho parar uno al lado del otro a un costado del sendero, sobre la hierba algo crecida que les llegaba hasta los tobillos. Maniatados con una especie de cuerda que parecía estar hecha de raíces, aunque era  bastante dura.

Las cazadoras eran más o menos de la altura de Shirei, sacándole casi cabeza y media de altura a Edward, de ropajes sumamente oscuros pero en los que se notaban detalles grabados en lo que parecía ser cuero oscuro o hierro opaco, con hojas y vainas metal incrustadas en sus pecheras y una suerte de pantalones algo ajustados,también negros, debajo de un cinturón del mismo color con muchos compartimientos, que al parecer también cumplia la función de falda. Las tres eran de tez sobrenaturalmente oscura, de cabellos claros y de ojos oscuros de un color que asemejaba el granate.

La que no se encontraba vigilandolos se hallaba cerca de la jaula, muy lejos para denotar qué estaba haciendo en concreto pero seguramente intentando abrirla. Eso último fue confirmado por el sonido de la puerta de la jaula chocando contra la tierra húmeda del sendero. Shirei cerró los ojos por un momento, ciertamente se empezaba a sentir desamparado, pero hizo esfuerzos por no demostrarlo. Volvió a abrir los ojos para encontrarse a las tres mujeres ahora un poco más alejadas, dos de ellas aún apuntando hacia ellos con sus armas, conversando con una cuarta figura que presuntamente era su prisionera, bueno, ex-prisionera ahora.

Edward todo este tiempo se mantuvo callado, con su mirada perdida en la hierba que se alzaba entre sus botas y la tierra húmeda debajo de las mismas. Shirei ni se molestó en preguntarle en qué pensaba, en parte porque temía las represalias de las arqueras por hacer algún ruido, y  también en parte porque a lo mejor Edward se encontraba haciendo las paces con sus dioses, probablemente porque podía ver con claridad lo que se venía.

Luego de unos segundos una de las cazadoras, la primera que vieron, la de cabello gris, asintió con la cabeza y comenzó a caminar hacia el viejo guardia, colgándose su arco en la espalda y llevando su mano izquierda a su cintura, desenfundando una daga curva de hoja totalmente negra de su cinturón. Sin siquiera parpadear se la puso en el cuello al guardia. Edward se limitó a levantar la vista para mirar a Shirei a los ojos y sonrió.

- ...Tela... envuelve tu pedernal con tela así no se mojara… o lo podrás secar más rápido al menos … Cuídate Chico.-

Su voz tembló al decir esto último.

Acto seguido la cazadora le cortó el cuello con un solo desliz de su daga y  la sangre no tardó en comenzar a manar de la herida. Edward cayó al suelo arrodillado, sangrando profusamente por su garganta, su ojos azules ahora mirando hacia el cielo en lo que su luz se apagaba, para posteriormente caer de cara al piso, inmóvil, con la lluvia cayendo sobre él y a su alrededor. Shirei sintió una profundo dolor interno al ver aquello.

El espadachín no se inmutó en absoluto, sí le resultó doloroso ver morir al viejo, pero algo en su interior, fuera su orgullo o Baku de modo indirecto, le decía que no le convenía mostrarse débil ni derrotado a pesar de estar en semejante situación.

La cazadora no se hizo esperar, y luego de ver cómo el guardia se desplomó, se puso frente a Shirei, colocando la daga en su pescuezo con el filo ensangrentado mirando hacia su piel. La mujer, de facciones muy jóvenes y finas, aparentando no más de veinte años humanos, sonrió levemente ante la mirada indiferente de Shirei.

- “¿Qué ocurre?¿Tú también querías decir algo? Lo lamento, creo que ya no puede oírte” -

Habló la muchacha con su sonrisa burlona recorriendo sus mejillas.

Shirei fue incapaz de comprender una sola palabra de lo que le dijo la joven oscura, puesto que habló en un idioma que él nunca había escuchado antes. La mirada del espadachín encaró hacia el suelo y sus ojos se cerraron.

Repentinamente un grito rompió el aire con un gran estruendo, helando la sangre de las cazadoras.- ¡YA HAS MUERTO, MUJER! -

En un abrir y cerrar de ojos Baku emergió del Sello de Shirei, arremetiendo directamente contra la muchacha, quien se llevó un terrible susto que le hizo intentar retroceder, pero ya era demasiado tarde.

Baku decapitó limpiamente a la cazadora con un hábil corte a su cuello, la cual cayó en frente de Shirei. La cabeza de la chica, ahora con esa permanente expresión de terror grabada, rodó en dirección opuesta al sendero entre las hierbas y chocó contra un árbol. Baku miró a la tercera figura que se encontraba detrás de las otras dos cazadoras momentáneamente, y rápidamente fue absorbido por el Sello Maldito. Su voz no tardó en sonar en la mente de Shirei con un tono penoso, “Lo lamento chico... creo que la he cagado…”.

Dos flechas se hundieron en la carne del joven, una en cada muslo. Shirei intentó no perder el equilibrio retrocediendo unos centímetros en la hierba pero el dolor al mover sus piernas fue inimaginable, haciéndole torcer el rostro en una expresión de dolor intenso. Un grito de dolor emergió de su garganta en lo que trataba de mantenerse en pié pero su vista comenzó a nublarse y sus músculos a dejar de responder a sus comandos.

Fue obligado por su propio cuerpo a arrodillarse debido al gran sufrimiento que provocaban esas flechas en su cuerpo. La mente de Shirei se encontraba en llamas por la cantidad de dolor que circulaba por sus terminaciones nerviosas, y entre todo ese caos escuchó nuevamente a Baku. “Es veneno Shirei… lo que estás sintiendo moverse por tu cuerpo... es veneno.”. Pero Shirei no le prestó atención, había un pensamiento que opacaba a todos los demás. ¿Por qué no tiraron a su cabeza?

- Oye tú… -

Escuchó por encima de sus pensamientos y con la poca fuerza que le quedaba levantó la cabeza para encontrarse a probablemente la mujer más hermosa que había visto nunca. Una fémina de tez increíblemente blanca y cabello negro azabache, húmedo por la copiosa lluvia que caía sobre él pero no por eso menos atrayente, de facciones finas como porcelana, un semblante que resultaba embriagador de solo mirarlo y de un cuerpo tan voluptuoso que cualquier gran escultor moriría por plasmarlo en el mármol. Vestida con ropajes empapados de prisionera que seguro desentonaban, pero no le desfavorecían en lo absoluto en su belleza.

-... ¿Qué eres? -  

Preguntó aquella casi irreal mujer con cierto brillo en sus ojos color ámbar y una sonrisa pícara, en lo que se acercaba cada vez más al joven.

Baku volvió a hacerse oír en la mente de Shirei “Chico, debes dejarme hablar con ella… Eso si esperas que tengamos alguna oportunidad de salir de aquí con vida...” el joven para este punto ya no se encontraba en todo su ser, completamente abrumado por el intenso dolor que se clavaba en su mente como si fueran agujas. “Si.. si muero aquí… juro por mi espada que voy a ir a buscarte al infierno…” fue lo último que pensó Shirei antes de cederle el control de su mente a Baku.

De un momento a otro las facciones del chico cambiaron de una cara cansada y demacrada a una cara completamente normal, casi hasta sonriente y despreocupada.

- Creo que tú mejor que nadie aquí debe saber qué soy, demonesa. -

Afirmó Baku, con una voz el doble de profunda que la de Shirei. La mujer se vio momentáneamente sorprendida pero pronto su mirada volvió a esa picardía característica.

- Hmm, así que sabes qué soy... pues obviamente tú no eres humano... ¿Pero cómo has sabido que Yo no soy humana?- preguntó con un tono sugerente caminando alrededor del postrado Baku, quien sin siquiera preguntar antes, se irguió sin problema alguno, a pesar de tener una flecha enterrada en cada muslo. La mujer no se vio sorprendida por aquello, pero las cazadoras emitieron sonidos y palabras en su idioma extraño, tensando aún más sus arcos. La mujer las calmó con más palabras en ése idioma.

Baku amplió levemente su sonrisa y alzó los hombros ladeando levemente su cabeza en señal de incertidumbre.

- Solo lo he adivinado… y tú acabas de confirmármelo. -

Mencionó el joven con una sonrisa burlona dibujada en su pedante rostro antes de continuar.

- Además, la belleza que posees no es humana ni por asomo, de hecho, hay algo embriagador y al mismo tiempo terrorífico en ti. -

La dama sonrió ante el cumplido y prosiguió.

- Guau... de no haberte visto salir de esa forma… -

Hablaba la mujer mientras con una mano tomaba por las mejillas la cara de Baku, moviendola de lado a lado para ver sus perfiles.

-... habría pensado que eras uno de los míos. -

El joven soltó una confiada risa - Ja! Me halagas... y me sobreestimas. -

Dijo también dedicándole un par de miradas de arriba a abajo a la demonesa, quien ni se inmutó al pisar con sus pies desnudos la sangre de la cazadora que había sido decapitada segundos atrás, cuyo cuerpo se encontraba prácticamente a su lado.

- Debo admitir que ya conocía la belleza natural de cierta clase de demonios... pero lo tuyo es plenamente un abuso. -

Habló Baku, pero la dama pareció no escucharle, ella estaba abstraída examinando su cuerpo en busca de algo, pellizcando levemente su fino mentón con unas uñas tan largas y cuidadas que no pareciera que acababa de salir de una jaula.

Baku pensó rápido y llegó a una conclusión.

- Ah, creo que sé lo estás buscando, pero debes desatarme las manos para…-

No llegó ni a terminar de hablar cuando sintió como sus muñecas eran liberadas de sus ataduras.

-... Bueno… -

Baku tronó levemente sus muñecas ya liberadas con alivio y prosiguió a desatarse la pechera, ésta cayó al suelo dando un golpe poco después, revelando el torso desnudo del joven.

Una de las manos de la mujer fue directamente hacia el pectoral izquierdo de Baku, donde yacía el Sello Maldito, ahora pulsante y con un fulgor rojo que parecía salir de debajo de la piel. La demonia recorrió todo el dibujo del tatuaje con sus largas uñas, provocándole cosquillas a Baku, que se esforzó por no mostrar sus emociones.

- Oh, ya veo… Tú eres el prisionero aquí… es una pena cariño. -

Dijo con un tono casi infantil, haciendo un puchero con sus labio inferior y mientras le dibujaba círculos con su dedo en el centro del tatuaje, alternando su mirada entre los ojos de Baku y el sello. Los ojos de Baku denotaron asombro ante tales palabras. Ella, con sus perfectos y blancos labios, dibujó una sonrisa en su rostro al notar aquello.

Aquella mujer comenzó a dar rondas nuevamente alrededor de Baku, deteniéndose a sus espaldas. Con sus manos tomó uno de los brazos del joven y observó la increíble cantidad de cicatrices que se extendían por la superficie de los mismos, pasando una de sus uñas por muchas, de éstas,  como trazando la herida que antaño se encontraba en su lugar.

- Es realmente una lástima… también me gusta su estilo… -

Dijo con un tono que rozaba la decepción.

Baku se mantenía atento a los movimientos de la mujer, pero fue tomado por sorpresa cuando ésta rodeó su cuello con uno de sus brazos, obligándole a postrarse nuevamente ya que él le sacaba casi dos cabezas de altura. Se sentía más un abrazo que un ahorque, y pudo notar como ella se acercaba a su oído y con un dulce pero intimidante tono de voz susurró.

- Escucha... Quien quiera que seas… y escúchame bien… -

Pronunció la demonesa, quién de modo súbito pasó su anormalmente larga lengua por el cuello del joven, algo que a él le provocó un intenso dolor, como si le estuvieran quemando la piel, pero luchó por no inmutarse.

- … podría matarte… podría matarte aquí y ahora, y estoy segura de que a nadie le importaría… -  

Sentenció para luego morder suavemente con dos de sus colmillos el lóbulo izquierdo de Baku, mientras que con una de sus largas y perfectamente negras uñas dibujaba un tajo imaginario en su cuello.

Honestamente todo este rollo seductor e intimidante al mismo tiempo estaban entusiasmado un poco a Baku, pero éste sabía bien en la complicada situación en la que se encontraba metido. Él dirigió una mirada algo nerviosa a las cazadoras, las cuales seguían bajo la lluvia, en donde se habían quedado anteriormente apuntando con sus arcos hacia él, como estatuas.

La mujer soltó su oreja y prosiguió, aún rodeando el cuello del chico con un brazo.

- … pero no voy a hacerlo, porque eso sería demasiado fácil para tí… No... quiero que vivas, que vivas toda tu vida atrapado dentro de éste humano, y que mueras junto con él, cuando su tiempo llegue naturalmente, y tú mueras de angustia por saber lo fuerte que podrías haber sido de no haberte dejado sellar. -

Sentenció la mujer, con un ligero tono de enojo en sus palabras, liberando su agarre del cuello de Baku y volviendo a rodearlo, pasando por encima de la descabezada cazadora como si nada, para ponerse frente a él. Nuevamente lo tomó de la cara y le propinó un exageradamente largo beso en la mejilla, que más que un beso se sentía como si le posaran hierro al rojo vivo sobre su cara. Podía escuchar como su carne crepitaba bajo los labios de aquél demonio, pero no se inmutó, Baku sentía que si dejaba ver sus emociones otra vez, sería el fin tanto para él como para Shirei.

La demonesa rompió el beso y se lo quedó mirando a los ojos, expectante. Baku notó esto.

- Oye, pues… Lamento decirte que debo...-

La voz de Baku se cortó de repente. La energía de Shirei se agotó por completo y su cuerpo cayó tendido en la húmeda tierra, boca arriba, con una quemadura con forma de beso en su mejilla y ambas flechas clavadas en sus piernas. El sello de su pecho dejó de brillar y pulsar, volviendo a su estado normal.

Aquella mujer se limitó a observar cómo el cuerpo de Baku se desplomaba, y con un leve suspiro se dirigió hacia las cazadoras. - “Necesito que lo suban de nuevo a la carreta, los caballos saben llegar la ciudad.” - Ambas asintieron ante la petición de la demonesa y pronto subieron al inconsciente Shirei a la carreta, junto a su armadura que anteriormente yacía tirada en el sendero.

Susurrando algo en su idioma raro a los oídos de los caballos, estos partieron a paso seguro nuevamente por el sendero. Alejándose poco a poco por el tormentoso sendero de tierra, rumbo a Mirrizbak.

Sin prisionera, herido, con dos hombres menos y seguramente sin pago.
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