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Mensaje por Skam el Miér Mayo 22, 2019 11:25 pm

Hacía un par de días que había salido de Phonterek, caminando por la costa, disfrutando tranquilamente del paisaje y de la gente autóctona de estos lares. Me encontraba disfrutando de una zanca de pollo que gustosamente me había cocinado la hija de un granjero con la que pasé una agradable noche cuando me di cuenta de que una persona delante de mí se encontraba en un pequeño aprieto. La rueda de su carromato se había roto por alguna razón. Según me fui acercando a la escena, sin dejar de mordisquear mi comida, me di cuenta de que era una hermosa mujer de melena pelirroja recogida en una trenza y de unos misteriosos ojos grises verdosos. Decidí poner en práctica las enseñanzas del caballero Eudes y me ofrecí inmediatamente a ayudar a aquella dama en apuros.

- Disculpe, hermosa dama- Dije, haciendo una pequeña reverencia, que aún no era capaz de dominar -Mi nombre es Skam. Estaba dando un pequeño paseo y me he fijado en que os halláis en una situación problemática, ¿puedo hacer algo para ayudaros?

La chica deja de preocuparse por un instante de su carromato y me dedica una breve risilla.

- No tienes pinta de ser de los que hablan así. Como puedes ver, mi carromato se ha estropeado, y no tengo idea de cómo arreglar la rueda.
- Sois muy astuta, hermosa dama. No soy un caballero, pero he recibido unas lecciones recientemente de alguien que sí lo era. Me decía que era demasiado grotesco con las personas que me atraen físicamente.

La chica alzó las cejas y colocó una mano sobre mi pecho, acariciándolo muy sutilmente con una sonrisa pícara.

- Pues debo admitir que tú también me atraes, Skam... Pero ahora tengo que centrarme en arreglar mi carromato. Me llamo Arya, por cierto.
- Déjame que le eche un vistazo, Arya. Y quizá cuando lo arregle me lo puedas enseñar por dentro... -Le susurré, acercándome mucho a sus labios, sin llegar a besarla.

Noté como la mirada de la pelirroja descendía hasta mi boca según me iba acercando a la suya, que se curvaba en una sonrisa pícara. Se separó tras unos segundos en los que pude notar como su respiración se aceleraba un poco y me hizo un gesto con la mano, señalándome la rueda rota.

- A ver qué puedes hacer, donjuán...

Sin perder el tiempo, me puse en cuclillas y observé con detenimiento la escena. El cilindro de madera en el que iba encajada la rueda parecía en buen estado, aunque sí que parecía que había rodado bastante. Me pareció oír unos pasos a mi alrededor, pero los ignoré cuando noté la mano de Arya acariciándome el pelo y hablándome al oído.

- ¿Crees que podrás hacer algo, Skam?- La chica me estaba hablando tan cerca que el aire que salía de su boca me hacía cosquillas en la oreja, lo que sumado al tono lascivo con el que pronunciaba mi nombre no hacía más que provocar que mis instintos básicos se activasen.

La rueda, en cambio, parecía insalvable, como destruida por un fuerte bache. Sin embargo, la carretera era totalmente llana. Esto era muy extraño. No era posible que hubiera sucedido algo así en esta zona, y con la rueda en ese estado era imposible que hubieran avanzado nada. Tan extraño que tenía que haberme dado cuenta de que era una trampa. A los pocos segundos noté un fortísimo golpe en la cabeza que me dejó totalmente inconsciente.

Me desperté, algo mareado, y con dolor de cabeza por el traqueteo del carromato. No tardé en darme cuenta de que me habían secuestrado. Traté de levantarme, pero unas ruidosas cadenas no me dejaron apenas moverme, ni siquiera separar mis manos. Me apoyé como pude en la pared de madera y levanté la vista como pude para observar el paisaje, al parecer seguíamos bordeando la costa, pero ya no tenía ni idea de dónde nos encontrábamos. Al rato, una voz conocida interrumpió mis pensamientos.

- Al fin despiertas, bello durmiente.
- Hace un rato me imaginaba despertando en este carromato escuchando tu voz, pero no era esto a lo que me refería, Arya...
- Perdón por hacerte ilusiones... - Dijo la pelirroja entre risas.

Mi captora estaba al otro lado de mi estancia, observando desde una pequeña abertura. No estaba sola, pues notaba más olores que el de ella.

- Vamos a hacer una parada antes de llegar a Mirrizbak. Los caballos necesitan descansar y beber- Suelta de repente una voz grave y rasgada, como de un hombre adulto tirando a anciano.
- Podrás divertirte con el prisionero si quieres, Arya- Corrobora otra voz, que no pude apreciar si era femenina o de un hombre joven.

La chica simplemente soltó una carcajada. Yo no estaba muy de humor, aunque no me negaría a tener un encuentro íntimo con mi captora. Bufé para mostrar mi disconformidad ante mi situación actual y me acomodé en la esquina. Arya me dedicó unas palabras para tratar de calmarme, que no me apeteció escuchar. Lo que sí que escuché claramente fue la respuesta de uno de sus compañeros, que me asustó por un instante.

- No te encariñes con él, lo vamos a vender como al resto.
- Espera, ¿cómo que vender? - Chillé, levantándome en su dirección y cayendo casi al instante por la corta longitud de las cadenas.
- Sí, Skam, te vamos a vender - Explicó Arya - Somos traficantes de esclavos.
- Pues soy un licántropo e hijo de la diosa del placer. Espero que me vendáis caro.

Los hombres empezaron a reírse a carcajada limpia en cuanto escucharon mis palabras, obviamente no me creyeron. Casi estaba empezando a acostumbrarme de que me tomaran por loco al mencionar mi parentesco. Al cabo de un rato, el carromato se detuvo, de forma bastante brusca. Golpeé mi cabeza contra la pared y perdí un poco el equilibrio con el movimiento.

- Tened cuidado, a ver si vais a romper una rueda - Solté con cierto retintín. Los hombres volvieron a reírse.
- El que compre a éste al menos se echará unas buenas risas.
- Ya te digo, casi me da pena venderlo, es el más divertido que hemos tenido a bordo.
- Pues esperad a que me bajéis del carromato y me libere, os vais a partir el culo.
- Ay Skam, para, por Dianthe, vas a matarnos de la risa- Exclamó el hombre mayor, no pudiendo controlar sus carcajadas.

Los hombres parecían alejarse del carromato, pues sus risas se iban apagando poco a poco. Me recoloqué  en mi esquina y en seguida se abrieron las puertas de mi estancia. Arya apareció tras ellas, devorándome con la mirada. Cerró las puertas con lentitud y se acercó a mí, acariciándome el pecho y susurrándome al oído.

- Quiero comprobar si en verdad eres el hijo de la diosa del placer...
- Pues fíjate, ahora no me apetece mucho. No tengo por costumbre follarme a alguien que me secuestra y planea venderme como esclavo.

Como única respuesta, Arya bajó su mano por mi torso y la escondió por debajo de mi pantalón.

- Bueno, creo que podré perdonarte esas nimiedades. Soy todo tuyo...

La pelirroja me sonrió al escuchar mi beneplácito y nos dejamos llevar por la pasión del momento. Cuando terminamos nuestro encuentro íntimo, Arya tuvo que salir medio obligada del carromato por sus compañeros, pues no tenía intención de despegarse de mí. Algo totalmente comprensible. El carromato se puso en marcha de nuevo y con él regresó el traqueteo a mi zona.

- ¿Ya te has divertido lo suficiente con el chaval?- Preguntó el hombre mayor, que parecía algo molesto.
- Tanto como para darle la razón en lo de que es hijo de Lluuhgua- Respondió Arya, sin dudar.

Solté una carcajada, complacido por sus palabras. El hombre mayor gruñó y cortó mis risas.

- Qué lástima que aquí el que manda soy yo, y a mí no me vas a convencer con esos trucos.
- ¿Estás seguro? Si vienes aquí atrás te hago cambiar de idea, seguro.

El hombre joven y Arya empezaron a reír, el hombre mayor ignoró mi comentario y ordenó a sus compañeros que se callasen. Como mis apreciadísimos traficantes de esclavos no tenían tema de conversación, traté de dormir un poco hasta que llegásemos a nuestro destino, aunque con el traqueteo me resultó imposible. No pegué ojo hasta que presumiblemente llegamos a nuestro destino, Mirrizbak. Era noche cerrada y al parecer los traficantes habían decidido pasar la noche a las puertas de la ciudad para ahorrarse unas monedas en hospedaje. Arya, por supuesto, me visitó esa noche y tuvimos otro encuentro íntimo, aunque más corto que el anterior, pues ambos estábamos muy cansados y decidimos ponernos a dormir.

A la mañana siguiente, tras una buena bronca del hombre mayor a Arya, me sacaron de mala manera del carromato y me llevaron al interior de la ciudad. Apenas me pude fijar en el lugar en el que me encontraba, aunque mi intención era la de descubrir nuevos parajes, pues me llevaron a una enorme fila junto a otros esclavos. Éramos como cerdos dirigiéndonos al matadero. En la fila había hombres, mujeres... jóvenes, viejos, niños, de diferentes razas y aspectos, aunque a simple vista el número de horiges en la fila era abrumador. Todos o la gran mayoría estaban muy nerviosos o llorando desconsolados. El único que guardaba la calma era yo, que por alguna extraña razón que aún no lograba descubrir de mi propio cuerpo, en las situaciones más adversas me encontraba totalmente emocionado.

El hombre adulto, el hombre joven y Arya me seguían de cerca. El hombre adulto mantenía una conversación con otros hombres, presumiblemente también traficantes de esclavos. En cuanto me di cuenta, nos encontrábamos en una gran plaza en el centro de la ciudad, y un antropomorfo de aspecto reptiliano iba pasando de uno en uno a lo que podría ser nuestro equivalente a la plataforma donde ahorcarían a un asesino. El lagarto iba presentando a su nueva víctima, haciendo una descripción física y poniendo un precio a su cuerpo, acordado con sus captores, que también estaban subidos a la plataforma. La gente empezaba a gritar, aumentando el dinero que ofrecían por el esclavo y al final la oferta más alta era la ganadora... Nos iban a subastar. Por supuesto, no tenía intención de ser esclavo, pero no podía emprender hostilidades, aún no. Demasiado peligroso para mi vida, que era lo que más apreciaba en este momento.

Al rato, el lagarto me llamó por mi nombre. Le dediqué una mirada de indiferencia mientras subía lentamente las escaleras de madera hasta la plataforma. Todo ello crujía con mi peso según avanzaba. Me situé en el medio de la plataforma y observé al público. Había demasiada gente, no lograba entender tanto apoyo a la esclavitud. Aunque igual no todo eran posibles compradores, sino curiosos.

- Un joven bastante fuerte, de pelaje algo exótico... Atractivo, salta a la vista. Seguramente podrá hacer realidad los deseos más oscuros de las mujeres más necesitadas - Comenta el lagarto mientras me toquetea, comprobando mi musculatura.
- Créeme, lo haré. Y no solo con mujeres, también puedo hacerlo con hombres.

El lagarto parpadeó, incrédulo. Algunos de los presentes se escandalizaron con mi comentario, pero parecía que lo único que había hecho era alentar más al escamoso.

- ¡Ya lo han oído! ¡El chaval se ofrece por completo sin importar el género de su amo! Pocos esclavos tienen esa iniciativa. Podemos poner un precio de salida de unos... ¿Cien kulls de bronce?
- Cien kulls de bronce- Confirma el hombre mayor tras debatirlo brevemente con el hombre joven y con Arya.
- ¡¿Solo cien kulls de bronce?!- Chillé, ofendido - ¡Yo valgo cien kulls de oro por lo menos!
- Me lo estás poniendo muy difícil, chico... - Susurró el lagarto, clavándome su mirada reptiliana.
- Es que no soy un chico fácil- Le respondí, sonriendo pícaramente y dando un paso adelante - ¡Me llamo Skam! ¡Soy un licántropo e hijo de Lluuhgua, señora del caos y de los placeres de la carne! ¡Y no pienso vender mi cuerpo por menos de cien kulls de oro!

Un fuerte golpe sacudió mi espalda. Caí al suelo por ello. Tras ese golpe vinieron unos cuantos más y después noté como alguien me tiraba del cabello y me susurraba al oído.

- Una rata insolente como tú no vale ni un kull de bronce. Da gracias que te dejamos con vida - Soltó el hombre mayor, visiblemente enfadado. Tras sus palabras, me levantó bruscamente y me colocó de nuevo junto al lagarto.
- Bueno... Em... ¿Quién da cien kulls de bronce?
- Si demuestra que es un licántropo, ofrezco doscientos- Dijo una voz entre el público.

Me dispuse a quejarme, pero el lagarto me hizo un gesto para que no hablase.

- No ofrezcas resistencia, es lo mejor chaval... -Susurró el escamoso.

Chasqueé la lengua y me transformé en lobo. Me sorprendí un poco, pues los grilletes se habían adecuado al cambio físico. Dirigí una mirada fulminante al hombre mayor, que sonreía pícaramente.

- ¿Satisfecho? - Dijo el lagarto al hombre que había hecho la oferta.
- Me esperaba algo más... grande
- Si quiere algo más grande, puedo dárselo, pero procure no asustarse -Dije, regresando a mi forma humana.
- Sorpréndeme, hijo de Lluuhgua.

Sonreí pícaramente y pasé a mi forma de hombre-lobo, con un fuerte aullido. La muchedumbre se volvió loca: Unos aplaudieron, otros chillaron asustados. El precio por mi cuerpo iba aumentando progresivamente según iba mostrándome más agresivo... y también menos cuerdo.


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