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Descripción del Bosque de Physis

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Descripción del Bosque de Physis

Mensaje por Mitsu, el oso el Dom Abr 03, 2011 4:59 am

Physis, donde nace la magia

Por: Libro Parlante




El bosque de Physis, ubicado en la parte central de Efrinder, es uno de los lugares más mágicos de todo el basto mundo de Noreth. Colindando con el hermético reino de Erinimar por el sur, y con Storgronne por el sureste, no es un lugar de fácil acceso si se encuentra uno en Weostym Olum. Por el noroeste limita con los montes Keyback, y con Geanostrum al este, por lo que el acceso desde ahí es el más asequible. Ese es el camino que suelen usar los pocos viajeros que deciden aventurarse en el bosque.

Physis no alberga poblaciones en su interior, es un bosque puro y virgen, y así se encargan los elfos de que siga siendo desde hace mucho tiempo. Una abundante y a veces opresiva magia flota en el ambiente, revitalizando a aquellos que se nutren de ella, por lo que este lugar es hogar de multitud de criaturas que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo, como los feéricos. El bosque posee una vegetación exuberante, aunque no tan excesivamente tupida como para llegar a ser una jungla, por lo que la luz solar se filtra sin demasiados problemas hasta llegar al suelo, dando a todo el lugar un aspecto luminoso y pacífico.

A pesar de que el bosque, excepto en su parte central, en general se puede considerar bastante homogéneo, es posible subdividirlo en diversas zonas según con las poblaciones que colinda.

El sureste, la frontera con StorGronne, es el sector más peligroso del bosque. A pesar de que las  criaturas oscuras que habitan este lugar maldito no son amigas de la magia benigna, son capaces de hacer incursiones a Physis, buscando comida o refugio, por lo que no es descabellado ver rondar a alguna bestia  por esos lares. No se suelen adentrar mucho porque saben que no es su hogar, pero conviene andarse con cautela.

La zona suroeste, en contacto con las montañas, también presenta sus peligros aunque su naturaleza es muy distinta. Es la zona más próxima a la región élfica y por tanto la que más vigilancia tiene. Los feéricos, dueños del bosque, no se sienten amenazados por los inmortales y por eso consienten que estos paseen y exploren la zona exterior del bosque sin quejas. Ellos se han ganado este privilegio gracias a siglos de silenciosa vigilancia y protección, pero no así el resto de razas. Cualquier intromisión en el bosque por foráneos será interpretada como una invasión de su propio reino por parte de los elfos y no dudarán en usar la violencia si es necesario.

Toda la zona norte y este, en contacto con poblaciones de otras razas, está más civilizada. A pesar de que no hay grandes asentamientos, sí que existen caminos que conectan Geanostrum con las Keyback y Mirrizbak, por lo que hay un flujo constante de viajeros. La influencia élfica aquí es nula, por lo que existen pequeños asentamientos cerca de la linde del bosque, posadas y mercados cuyos habitantes tratan de ganarse la vida modestamente, sabiendo que su continuidad allí bien puede depender de que los orejas puntiagudas no posen en ellos sus ojos. Algún viajero se internara de vez en cuando en busca de comida, pero tampoco suelen profundizar mucho.

El núcleo del bosque es distinto. Es Phusis, el reino feérico, y alberga en él a los señores del bosque. A pesar de que no son una raza numerosa es frecuente verlos pasear tranquilamente por sus dominios, disfrutando de la hermosa vegetación y la abundante fauna. Sus pequeñas casas se encuentran en las ramas de los árboles, lejos del alcance de curiosos.

Bajo el bosque existen grandes bolsas de agua dulce totalmente inexploradas. Nadie sabe si albergan vida o si está allí el origen de la magia del bosque, pero lo que es conocido por todos es que la presión del interior de la tierra hace que el agua salga ocasionalmente a la superficie, creando lagos de todos los tamaños en puntos marcados del bosque. Estas masas de agua son especialmente ricas en magia, por lo que se les suele llamar lagos o charcas de las hadas debido a que los feéricos se sienten atraídos por ellos y no dudan en sumergirse en las mágicas aguas para imbuirse de su poder. Este líquido, el conocido como agua de las hadas, es muy codiciado por magos y estudiosos de todas las disciplinas, por lo que hay aventureros que no dudan en arriesgar la vida en busca de conseguir aunque sea un vial de tan preciado líquido, aunque la naturaleza cambiante de estas masas de agua hace complicada su localización.

Hay diseminados por todo el bosque antiguos asentamientos humanos, invadidos por la exuberante vegetación. Conviene andarse con cuidado, pues en la etapa en la que fueron abandonadas existía una dura lucha por el territorio, por lo que no resultaría sorprendente que ciertos lugares aún conserven trampas preparadas, intactas aún después de los años.

A pesar de que los feéricos son criaturas pacíficas que aborrecen la lucha y evitan enfrentar a los invasores aunque hayan profanado su hogar, existe una excepción. Hay un lugar que estas gráciles criaturas defenderán con su vida aún a costa de romper su regla más sagrada: la de no matar.

Ese lugar es el claro donde el Viejo Árbol tiene hundidas sus raíces. Ningún forastero, ni siquiera los elfos, saben dónde está ese árbol, pues es el secreto mejor guardado de los feéricos. Se dice que el Viejo Árbol es tan antiguo como el mundo, o que incluso nació a la vez que él. Se dice que sus frutos son un manjar inigualable y que proporciona  poderes increíbles a quien los toma.

Todo eso se dice, pero nada se sabe a ciencia cierta, pues nadie lo ha visto… y así quieren los feéricos que sigan las cosas.

Id con cuidado si os internáis en Physis, pues a pesar de que es su hermano el que tiene peor reputación, no hay nada más terrible que enfadar a aquel que siempre sonríe…






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Mitsu, el oso

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Re: Descripción del Bosque de Physis

Mensaje por Miss Style el Mar Jul 14, 2015 8:39 pm

HISTORIA


La escisión del bosque de Fargor


Por: Libro Parlante
Editado por: Miss Style


Hubo un tiempo ya olvidado en el que los bosques de Physis y StorGronne fueron uno, una gran masa verde, un bello pulmón en el centro de Noreth. Aquel lugar irradiaba una magia incomparable, como si la esencia de esa energía transformadora brotase del suelo rebosante de vida. En ese entonces era conocido como el Bosque de Fargor, y las más antiguas de las criaturas aún lo recordarán, con añoranza, en todo su esplender.

No tardaron los humanos y otras razas en percatarse de las bondades de la región y se asentaron en las lindes del bosque, o en claros en su interior, buscando aprovechar los abundantes regalos que aquel lugar les brindaba. Fue inevitable, pues está grabado en la naturaleza del hombre, que se desataran los conflictos por los recursos y las localizaciones. Grandes zonas se quemaron o se talaron sin medida, la tierra se envenenó y muchos de los seres que allí vivían sucumbieron ante los hábiles y numerosos cazadores. No había maldad en sus actos, pero eso no impidió que el bosque sufriese.

Los más antiguos moradores de Efrinder, los elfos de Erinimar, contemplaron horrorizados como aquel bello bosque se consumía bajo las alocadas acciones de los mortales y, tras un largo debate, decidieron intervenir. Marcharon contra la gente del bosque, sabedores de que era su misión restaurar el equilibrio de la región, pues nadie más lo haría.

Afortunadamente no hubo lucha, pues no eran los elfos partidaria de ella más que como último recurso. Su naturaleza conciliadora les condujo a una negociación que se prolongó durante muchas lunas, hasta que finalmente llegaron a un acuerdo con los nuevos habitantes del bosque: se dividiría el territorio en dos zonas claramente delimitas: la zona sur podía seguir siendo habitada por los hombres, aunque debían comprometerse a cuidar de ella, pues era su hogar. La zona norte, por el contrario, les estaba vedada, y una incursión en ella se castigaría caro, pues los elfos velarían por mantener su pureza y su magia intactas. Se abandonaron los poblados, las fortalezas y los templos de esa zona, que aún a día de hoy se conservan como ruinas cubiertas por la maleza, acumulando tesoros olvidados.

Aunque al principio la frontera fue arbitraria, poco a poco esto cambió. Los seres más sensibles a los estragos que provocaban los hombres huyeron hacia la zona custodiada por los inmortales y, con el paso del tiempo, las diferencias se fueron haciendo notables. Las criaturas que se quedaron en la zona sur se hicieron más duras, más astutas y más fuertes, pues estaban constantemente sometidos a la amenaza de la civilización.

Por el contrario, en la zona norte, libres de todo peligro, los seres que allí habitaban crecieron inocentes, elegantes y delicados. Desarrollaron vivos colores y formas gráciles, así como comportamientos a cada cual más curioso, pues la ausencia de amenazas hacía que otros mecanismos de selección natural cobrasen importancia.

Se mantuvo así la paz durante mucho tiempo, tanto que quedó olvidada la época en la que solo existió un bosque. Cada zona recibió su propio nombre, pues los caminos de ambas partes del antiguo bosque de Fargor hacía mucho que se habían separado y sus diferencias eran irreconciliables. A la zona sur, habitada por los duros humanos, se la llamó StorGronne. A la zona norte, la que seguía protegida por los elfos, se la llamó Physis.

Pero un nuevo suceso lo cambió todo y la paz se rompió para nunca volver: un joven muchacho con un corazón limpio y una mente despierta cometió el error más terrible que se haya cometido. Su nombre quedó enterrado por el paso inexorable de la historia, pero no así el sobrenombre por el que era conocido: El Profanador. Dio vida a los nagar y estos, desatados, atacaron a los habitantes de StorGronne, mutándolos horriblemente y creando a los woe. Y se inició así una nueva y cruenta batalla entre los humanos que buscaban defender la región que consideraban suya y los antropomorfos, que aún buscaban su lugar en el mundo.

Y, de nuevo, fue el bosque el que sufrió. Los elfos contemplaron impasibles la lucha sin intervenir, pues no era suya.

A día de hoy aún hay quien lamenta aquella decisión, pues mucho dolor podría haberse evitado. Los humanos, desesperados al ver que iban a ser expulsados de su hogar, trataron de hechizar el bosque para que fuese él quien combatiese a los nagar y los woe, pero no contaron con la magia que ya latía en cada árbol de StorGronne, y todos aquellos años de expolio, que habían ido acumulándose en la tierra y la vegetación, resurgieron con furia. El Espíritu del Bosque, por primera vez, se defendió. Mutó y se hizo uno con el rencor, su magia se trastornó y se volvió oscura y retorcida. Su odio era ciego y tanto antropomorfos como humanos  sufrieron por igual. El bosque había sido profanado y con ella todas las criaturas que lo habitaban, mutando en auténticos horrores.

Aún pasaría mucho tiempo hasta que el Titán surgiera para limpiar toda aquella maldad, y el bosque siguió destilando odio.

¿Y qué paso con su inocente hermano, el bosque de Physis? Los elfos supusieron que sería contaminado inevitablemente por el caos que lo rodeaba, así que acudieron raudos a combatir la enfermedad que supusieron ya empezaba a asolar el bosque…

Tamaña fue su sorpresa al comprobar que Physis parecía inmune al horror con el que colindaba, y que ni un solo árbol había caído en desgracia. ¿Cómo era posible? ¿Tanto habían cambiado las dos mitades de Fargor como para ser inmunes la una a la otra?

Y fue entonces, y solo entonces, cuando los verdaderos habitantes del antiguo Fargor y del actual Physis se mostraron ante los inmortales de las praderas de Erinimar. Eran seres pequeños, de orejas largas, puntiagudas y caídas. Tenían la piel rojiza y mirada risueña. Transpiraban una inocencia como hacía mucho que los elfos no contemplaban en ningún ser.

Eran los feéricos, seres minúsculos dotados de poderes psíquicos y mágicos asombrosos, quienes mantenían a raya el caos de StorGronne. “¿Cómo eran capaces de hacerlo?” se preguntaron los elfos. La respuesta no tardó en hacerse evidente. Aquellos seres tenían un control sobre la magia como nunca antes se había visto, la respiraban y se nutrían de ella, la necesitaban como nosotros necesitamos comer y beber, pues del mismo modo que el aire nos rodea, la magia les envolvía a ellos en todo momento, desde el principio de los tiempos, y se habían hecho uno con ella. Dominarla les era tan natural como nadar a un pez o volar a un divium: no tenían que esforzarse ni aprender, estaba sencillamente grabado en su naturaleza y los elfos no pudieron más que admirarlos.

A pesar de su gran poder, eran criaturas reservadas, cautas, recelosas de las otras razas, y por eso no habían intervenido cuando los humanos se asentaron en sus dominios. Agradecieron a los elfos sus actos, pues eran conscientes de que su hogar había permanecido intacto gracias a su estrecha vigilancia.

Entonces, incluso más que antes, los inmortales decidieron defender el bosque y el secreto que escondía de cualquier intruso que buscara dañarlo, pues era su deber proteger a aquellas criaturas del mundo. Y, hasta el día de hoy, siguen protegiendo el sur del bosque. Y es por ello que se conserva como la zona más pura y limpia de todo Noreth, contando los cielos.

Nunca se supo si estas criaturas tuvieron algo que ver con la aparición del Titán, aunque es una teoría que se discute en los altos salones de los elfos.


Los señores del bosque


Por: Libro Parlante
Idea original: Guardián de los Libros
Editado por: Miss Style


Los feéricos son pequeños seres mágicos que habitan en el corazón del bosque de Physis. No se conoce exactamente su esperanza de vida, pero son extremadamente longevos, milenarios incluso. El poder de estas criaturas es inmenso: pueden manipular con su magia la esencia misma de la materia, por lo que pocas cosas escapan a su capacidad.

Son una raza muy poco numerosa, y el grueso de ellos habita en pequeñas comunidades desperdigadas en la zona más interna del bosque, conocida como Phusis, el reino feérico, pues la profunda magia benigna que llena todo el lugar es perfecta para su desarrollo y crecimiento.

Dentro de esta raza se encuentra una en especial, los folklerien. Estos cuentan con un gran poder desde muy temprana edad, por lo que la supervisión de los más adultos es imprescindible para controlar todo ese potencial y enseñarles cómo usarlo. Son en estas pequeñas comunidades, dirigidas por el más anciano y sabio de ellos, donde los niños folklerien adquieren los valores que definen a toda su raza: no se debe usar el poder que tienen para matar a otros seres vivos y se debe tratar de no intervenir en los asuntos ajenos. Esta segunda medida se les inculca por prevención: los feéricos son criaturas muy distintas al resto de razas que habitan Noreth y a tempranas edades están muy desvinculadas del mundo. Puede que, a pesar de no tener malas intenciones, la intervención en los asuntos del mundo exterior provoque grandes consecuencia (debido al inmenso poder que poseen) y éstas pueden no ser buenas. Dentro del bosque, donde la presencia folklerien es mayor, el uso de sus poderes está permitido, pues cualquier error puede ser corregido rápidamente.

En general, los habitantes de Physis, los feéricos, tienen muy arraigada la no intervención en asuntos de otras razas por lo que no suelen dejarse ver, lo que hace que su existencia no sea conocida por prácticamente nadie. Una excepción son los elfos solares, encargados desde hace mucho de custodiar y guardar el Bosque de Physis por el sur, y los elfos silvanos, habitantes de los bosques como ellos, pues se conoce de la presencia de estos seres en los bosque de Dhuneden.

Se dice que en mismo centro del bosque, en el corazón de Phusis, existe una fortaleza que los humanos construyeron y que los feéricos remodelaron a su gusto, dándole formas imposibles y colmada de los más extraños tesoros. Es ahí donde, según cuentan los rumores, se reúnen los jefes de las diferentes comunidades, entre los que se cuentan los poderosos folklerien, y cuando tienen que discutir algo importante, aunque no suelen conseguir llegar a un acuerdo, pues nadie quiere dar su brazo a torcer, éstas se alargan días y días. Entre los enojos y los aciertos de estos seres y sus poderes, se da uno que otro destrozo, por lo que la fortaleza cambia de aspecto constantemente, fruto de las diferentes reparaciones más o menos esmeradas.
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