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Mensaje por Inuwel el Lun Nov 14, 2011 6:46 pm

El anciano cerró su libro tranquilamente, el fuego intenso de la hoguera bajo sus pies y las miradas reprochables de los niños que querían conocer el final de la historia lo fustigaban con intensidad mientras él sin ademán de movimiento se contuvo, manteniéndose impertérrito mas no ausente ante cualquier comentario que pudiesen formularle.

-¿Y qué pasó al final?-Inquirió uno de los pequeños después de un breve lapsus de silencio logrando que todos los demás insistieran con lo mismo. El anciano de sombrero de copa y larga barba enmarañada color caoba se acarició el mentón, entornando sus pequeños ojos grises y haciendo una mueca, lo cual en él era un gesto tan sencillo pero completamente reconocible en su persona; logró entonces el anciano que los niños se silenciaran, y cuando nuevamente solo era audible el ulular de los búhos acompañados del choque de la hojarasca por la brisa nocturna el anciano sonrió para añadir.

-El final todavía tarda en concluirse-

***


Me encontraba en el interior de un juego incomprensible, donde una misión sencilla y clara se había deformado por una mano siniestra hasta tornarse profundamente inverosímil e incluso absurda. Recordé la primera vez que llegué a este pueblo, tranquilo y monótono, de gente ardiendo en lo normal, todos humanos. No olvidaba las sonrisas afables, estúpidas de la mayoría, recibiendo forasteros como un aleluya de ganancias para sus tabernas o tiendas de regalo, pero mi intención no era quedarme a turistear, solo iba de paso, como otras tantas veces que mis caminos me llevaban a una encrucijada azarosa, eso, hasta que el excéntrico Barlan D. Kardrovsk comentó sobre su misión y el incansable tiempo que llevaba buscando osados en cumplirla.

Osada e interesada en ganancias. Me había encontrado.

Y aunque quizás no era la persona más agradable en lo que a compañía respecta si era la más idónea para el trabajo, no obstante yo no tenía prisas, no cuando tenías a un montón de estúpidos humanos dispuestos a obedecerte por miedo. El poder de la supremacía y la autoridad es un disfrute para todas las razas en general, es más bien un vicio de mortales. Y teniendo entonces todos aquellos recuerdos como cartas expuestas sobre una mesa, me tentaba de vez en cuando de tomar alguna, olerla y analizarla, como si pudiera sacar de ahí alguna respuesta a este laberinto infernal de problemas. Hay que mirar el pasado para comprender el presente, pero sentía que mientras más recuerdos llenaba en mi cabeza de cómo era el pueblo en otrora más se me complicaba la búsqueda de la respuesta actual, llegando entonces a la conclusión que mi remoto tiempo en el pueblo no fue más que una ilusión carcomida por la realidad actual de destrucción, y es que se me hacía imposible considerar real algo que ahora desaparecía tan efímeramente de mis ojos, no evité preguntarme también que había pasado con Barlan D. Kardrovsk, si él tenía algo que ver con todo esto o todas sus palabras eran ciertas después de todo y ahora yacía consumido por aquella fiebre de muertos andantes o había logrado escapar, también me formulé si el sujeto alado de colmillos que secuestró a su hija tenía algo que ver también con esto y si su castillo tenía alguna influencia real en este problema.

Los ladridos desgastados de los canes me exasperaban hasta el punto de perder el control de tal manera que saltaba ampliamente sobre uno de ellos y los acababa entre zarpazos y empujones, no había sonido lastimero alguno que surgiera de sus inmundas gargantas, su piel estaba congelada por la inmortalidad del cuerpo y no eran más que bestias cegadas de razón pero habiendo ganado un instinto salvaje de hambre perpetua. No me resultaban enemigos de verdad, solo piezas molestas que tenía que derribar como quién quiere encontrar un enemigo mejor entre tanta pila de basura. La sangre hedionda manchaba las alfombras y mis oídos no fueron ajenos al sonido de Noctis el cual perdiendo el control se alejó sin rumbo arrasado por sus instintos y carencia de razón, para mí su escape fue solo una muestra de cobardía y palabras de compañerismo basadas en mentiras pero maquilladas a la perfección cuando realmente le convenía. Aunque quizás estaba exagerando me gustaba hacerlo, era relajante juzgar en momentos como estos, de todos modos mis intenciones nunca fueron las mejores del principio aunque me jodía realmente no ganar nada después de todo, tanto tiempo perdido en este lugar para no recibir recompensa alguna, era un precio demasiado alto para mi ego pero al menos podría conservar como experiencia este singular altercado del cual estaba confiada en salir con vida.

Los canes profundamente heridos y descuartizados, ya demasiado destrozados como para levantarse y andar creaban a mí alrededor una especie de alfombra nueva, como un desquiciado decorador amante de lo repulsivo. Mis patas siguieron adelante, con calma y atención, mi nariz si bien se ofuscaba por la mezcla constante de olores, mis oídos percibían hasta el más mínimo detalle de lo que me aguardara más cerca de mí, llegando finalmente en un precavido andar a otra sala infectada por aquellas subespecies mas tuve la fortuna de llegar al preciso momento en que ambos zombies luchaban mutuamente y se mordían, oportunidad que no desaproveché para saltar e impulsarme sobre ambos, reventando sus cabezas una a una, sintiendo un choque estruendoso y sintiendo aquella sangre fría y viscosa resbalar hasta la alfombra.

Cada vez me aburría más este juego, no era más que un mata-mata sin siquiera un trasfondo claro como lo tuvo en un principio, no obstante el hecho de mostrarme aburrida y cansada no me ayudaba en nada, y más cuando un sonido estruendoso hace repercutir cada una de las paredes de la mansión acompañado de un gigantesco ladrido, tan profundo y bravo que erizaba mi pelaje y por alguna extraña razón me infundo precaución. Aquella bestia que empujaba la puerta de entrada desde el principio había logrado quebrarla en pedazos ingresando así a la mansión…


***

-Y si hubiera retrocedido para observar de qué se trataba vería entonces a un gigante cancerbero, o sea, un perro de tres cabezas, cola de serpiente y tamaño colosal-Agregó el anciano luego de haber vuelto a abrir su libro pasado un tramo de receso en el que los niños de diversas razas le formularon preguntas qué él no demoró en contestar.

-Los ladridos de los animales, si es que consideramos como aparte sus cabezas, retumbaban en la mansión de tal manera que las paredes parecían temblar de miedo…-

-¿Pero de donde salió ese animal?-Preguntó de improviso un niño interrumpiendo el relato del anciano. Los demás niños se volvieron contra él y centraron una mirada nada amigable en su persona, lo suficiente fría para congelar las palabras del pequeño y sumirlo en el silencio.

Mas el anciano respondió a su pregunta para sorpresa de los demás, y digo sorpresa puesto que para él nada le parecía más molesto que interrumpieran sus relatos.
-No lo sé, ya te he dicho que el relato se tergiversó de lo más extraño, aunque quizás fuera la mascota de alguien y que se perdió justamente en ese jardín… y en efecto, su dueño la había dejado ahí apropósito. Como dije, la criatura exhaló tanto miedo que hasta las criaturas muertas sintieron revivir miedo en el cuerpo. El animal avanzó furiosamente por la sala, algo apresurado buscaba, y con todos arrasó, tantos muertos como sobrevivientes, acabó con la peste de la casa con su sola presencia…ah, y ella, sí, ella logró escapar, y más le valía hacerlo ya que era mucho para una simple mortal. Y ahora la ciudad estaba sumida bajo una peste que surgió de un momento a otro sin más explicación que el juego perverso de alguien-El hombre cerró su libro con tranquilidad, posicionó su bastón de madera sobre el terreno húmedo de tierra y maleza y se incorporó lentamente seguido de los niños.

-Ya no hay nada más que añadir a esta historia-


***

Pero la historia no terminaba así. Había logrado salir por una de las ventanas, aquella criatura a todos exterminaba en el interior de la mansión, sentí entonces la fría ventisca de la noche y unos intensos nubarrones que impedían a las estrellas y a la luna servir de lucero para los perdidos, mi olfato aspiró el aire nocturno y mis sentidos agudos estaban al tanto de cualquier amenaza posible que pudiera volver a asaltarme, comencé entonces a andar, raudamente y con el corazón desembocado, mis huellas se hundían entre la maleza y mis pasos me llevaron directamente a la arboleda, allí a lo lejos divisé el cementerio, un frío extraño recorrió mi columna vertebral y me erizó el pelaje, y más arriba, por sobre la copa de los árboles divisé aquel gigantesco castillo que afirmaban los pueblerinos ver en las noches y que yo todo este tiempo que estuve aquí hospedada fui ciega a su inmensidad y verdad. Sentí el impulso temerario pero también curioso de avanzar en tal dirección, de mitigar mis preguntas con la imprudencia mas sería una voz familiar la que me tentaría a frenar mis pasos y redirigir la mirada hacia el cementerio, allí la silueta de un hombre encorvado, de sombrero estrafalario yacía con sus rodillas sepultadas sobre el suelo y sus manos sujetas en la estatua del Dios protector de aquel pueblo, mis pasos avanzarían raudos hacia él pero me detendría de pronto, al notar a otro individuo a su lado, me escondería entre la ligustrina pero mis oídos no serían sordos a su intercambio de palabras.

-¿Por qué? –Inquirió el hombre del sombrero con voz apretada por la garganta ardiente del llanto suprimido. Voz que reconocí fácilmente y me llevó a la absoluta perplejidad, yo estaba segura que Barlan D. Kardrovsk ya estaba consumido por los zombies.

-Me dijiste…-Continuó Barlan D. Kardrovsk-Que si… que si lograba la fórmula… que si lograba que tu ruin experimento… que si… que si… ¡ella volvería a mi lado!-

-Pues ahí la tienes…-
Respondió el aludido y vi como enormes alas membranosas se estiraban tras su espalda y le daban un toque lúgubre y aterrador.

Y si mi vista hubiera sido aliada de mis otros sentidos habría notado también que bajo las manos de Barlan no estaba la tierra ni el asfalto, si no un vestido blanco sobre un cadáver de mujer que servían como vestigio de lo que había ocurrido con su hija. El mismo año en que ella fue secuestrada fue también el momento de su muerte, y enterrada todo ese tiempo estuvo bajo los pilares del Dios que tanto respeto habían proferido los pueblerinos. Una relación escrita a fuego perverso existió entre ambos seres, humana y alado, y se difuminó tan rápido como la libertad le fue conferida a ambos, siendo consumida la joven por una enfermedad tan simple y mortal como su realidad y queriendo pasar sus últimos días con quién amaba se dejó secuestrar pero le dejó el legado de la locura a su padre que muerto en vida vivió buscando la venganza. Una venganza que no tenía razón de ser, como siempre sucede en aquellos humanos que se empecinan en no buscar otra razón aparte de lo que ven sus ojos.

-¡Me has mentido!-Exclamó el humano parándose en seco y desafiando a aquella criatura de alas oscuras, y sacando rápidamente de su bolsillo un brillante crucifijo en son de su Dios y lo apuntó en el corazón de la criatura, la cual le esquivó fácilmente y tomó por el cuello al humano, mis dientes se comprimieron, tanto por sentirme burlada y engañada por ambos seres igual de despreciables y me impulsé hacia adelante con la finalidad de saltar sobre ambos y destruirlos, mas cuando mis ojos percibieron como aquel crucifijo brillante yacía impactado en el pecho de la criatura alada algo duro y grande cayó sobre mi cabeza noqueándome al instante y dejándome inconsciente hasta un tramo largo de tiempo.

(…)

Pasó mucho tiempo antes de que me sintiera prisionera de un montón de tierra sobre mi persona, los insectos y gusanos me recorrían incapaces de comprender porque le dejaban de alimento un ser vivo y no a un muerto como correspondía, y desesperada entonces por la falta de aire arañé con mis patas la tierra que me rodeaba, no veía absolutamente nada, solo sentía un intenso peso sobre mí, comencé entonces el constante labor de raspar la tierra con mis garras, aún yacía convertida por suerte, sentía que me ahogaba y me enterraba cada vez más bajo la tierra pero de tanto raspar logré sacar mi hocico a la superficie, y arrimarme cada vez más hasta por fin liberarme de aquel tortuoso castigo creado por un desconocido. Me habían enterrado viva en aquel cementerio, por suerte no bajo demasiada profundidad, pero si no hubiera vuelto en sí antes habría muerto ahogada y luego consumida por los gusanos. Me sacudí de inmediato, gruñéndole al sol de la mañana, estaba fastidiada e irascible, ¿y cómo no? ¡si me habían estafado!, condenados humanos… condenados todos. Mis ojos miraron al cementerio constando que se trataba del mismo donde fui testigo de aquella escena, vi entonces la estatua del Dios de aquel pueblo hecha pedazos y bajo de ella un vestido de mujer con su respectivo cadáver, pero un poco más adelante estaba el de ***, morado por la asfixia, y frente a sí estaba una pila de cenizas con un crucifijo encima, ¿acaso un simple mortal había podido con aquel vampírico alado?, la respuesta parecía obvia pero no me contentaba en lo absoluto. No solo había perdido tajantemente mí tiempo en este lugar, si no que siquiera pude llevarme la sangre de mis enemigos conmigo, al parecer eso es lo que sucede cuando alguien se mete en una historia que no le corresponde.

Quise marcharme de este lugar que solo me había avergonzado y mancillado en vano, mis ojos se abalanzaron al abismo de árboles que cubrían la arboleda, en efecto aquel castillo estaba secretamente oculto en el día, pero… yo no olvidaba su dirección.


***

E Inuwel avanzó ignorando a los gnomos que le echaban miradas perversas, miradas rencorosas tan incomprensibles como sus acciones hacia ella, mas de alguno le tiraba piedras como si con eso la pudieran volver a sepultar. Llegó entonces la licántropo sobre una colina, bordeando árboles, subiendo arbustos, llegó a la cima donde pudo admirar al destruido pueblo en todo su esplendor, pero también notó que donde mismo estaba había varias ruinas de una antigua morada bordeando casi la mitad de la colina, y sus sentidos siempre atentos fueron incapaces de percibir aquella figura a sus espaldas que le habló con voz sosegada:

-Será mejor que te marches, ya es tarde y pasado mucho tiempo desde tu partida-

Inuwel se giró de golpe, embravecida pero sintió sus patas entumecidas e incapaz de moverse no pudo hacer otra cosa que escuchar.

-No te lo tomes a mal pero necesito pedirte un favor –Indicó el individuo que no era más que un anciano de sombrero en copa, barba clara, ojos grises y bastón de manera para sostenerse- Recoge aquel crucifijo que está en el cementerio y guárdalo hasta que yo te lo pida de vuelta, puedes esconderlo en algún lugar si gustas puesto que ignorante no soy de tu nómade vida más te pediré que por nada en el mundo lo pierdas, a cambio te permitiré no volver a este lugar, mi nombre no es necesario, tan solo recuerda mi apariencia, mi olor y mi voz, y eso te bastará para cuando nos volvamos a ver sepas que hablas conmigo-

Y tal y como surgió frente a Inuwel desapareció, dejando a la licántropo perpleja, observando además que no había rastro alguno frente a sus ojos de aquel pueblo destruido por la maldad de un experimento que dejó en no vida y podredumbre a sus habitantes, inclusive cuando descendió por la colina fue incapaz de ver el cementerio pero si de encontrar aquel crucifijo que le habían pedido cuidar. Dudó al principio si seguir o no las palabras del desconocido aquel, pero consideró que nada habría de malo de tomar aquel objeto y esconderlo en cierto lugar que ella conocía bien, al menos no se iría literalmente con las manos vacías después de aquella estancia tan deplorable en Drokerj.

Lo mejor que debía hacer ahora sería buscar a Locrian y olvidarse de lo ocurrido.



La historia de este pueblo culmina con un final abierto, puesto que no existen los finales cerrados cuando de vidas mortales se trata, ya que estas cambian tanto que terminan empezando sobre los finales que dejan, como una rueda que nunca deja de girar, quizás las explicaciones a este suceso sean vistas más adelante, porque es más admirable observar un rompecabezas acabado que sus piezas en separado.

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Belleza letal

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